¡Ratas, ratísimas!
Me impresiona la gente, cada vez más. Ayer fue cumpleaños de una de mis mejores amigas, Metz. Nos conocemos desde 1997 fuimos compañeras en la Universidad, aunque ella estudió Merca y yo Comercio Internacional. Bueno la cosa es que fuimos a un antro ‘retro’. Uno se siente viejo cuando un antro retro pone pura música que bailabas cuando ibas en la secundaria o la prepa, rolas de los 80 y 90. ¡Jesús Cristo! Ya consideran esa onda, retro. Ese es el caso de ‘El mood’, en Polanco aquí en el DF. No les voy a decir que el lugar es concurrido por los más millonarios de la Ciudad (cosa que siempre me ha valido un cacahuate) pero digamos que tampoco es un establecimiento en medio de una zona populachera o un círculo de miseria donde llegan a bailar personas de bajísimos recursos, que (imbécilmente) creemos que su condición económica los puede convertir en ladrones o asaltantes. Muchas veces esa gente es más honrada y honesta que nosotros. En resumen diríamos que los clientes del antro este son gente clase media, media altona dispuesta a pagar al menos 95 pesos el trago. La gran mayoría treintones que vamos a recordar las viejas épocas. Describrí el perfil del target del lugar por lo siguiente: ya bastante entrada la madrugada el Sr. Elsy y yo nos despedimos, ya estábamos bien cansados. Entoces comenzó la aventura de encontrar los abrigos y mi bolsa que estaban debajo de una torre de sacos y demás ropa que todo mundo llevaba para no pescar pulmonía y que obvio se zafó en cuanto entró al lugar. Entre la poca luz y dicha montaña de prendas, no era tarea fácil. Entonces encontré mi abrigo, lo jalé y lo puse en el respaldo de un sillón a menos de medio metro de mí, (ese sillón pertenecía a otra mesa, no era donde estábamos nosotros pero era el único lugar viable para ponerlo en lo que organizábamos esa masacre de telas) en tanto buscaba mi bolsa, la bufanda y demás trapos. Tardé unos tres minutos en hacerlo y cuando volteo, ¡no está mi abrigo! En segundos desapareció casi ante mis ojos. Entonces le pregunté a una pareja que estaba sentada en esa sala frente al sillón donde lo había dejado, si no lo habian visto y el par de tipejos me contestó ‘No, no lo hemos visto’, pero yo estaba segura de haberlo dejado ahí hacía dos minutos. Entonces el Sr. Elsy bajó hacia la puerta para ver si nadie salía con él en la mano y uno de seguridad notó que traía cara de ‘¿qué pedo?’ y le preguntó qué sucedía, acto seguido fue a la mesa donde yo con mi amiga y otros amigos seguíamos buscando. La parejita en cuestión seguía afirmando no haberlo visto cuando si cualquiera se lo hubiera llevado habrían tenido que verlo puesto que estaba frente a sus narices. Pues me acerqué de nuevo a preguntarles mientras el hombre de seguridad le decía por el radio a sus compañeros que checaran si nadie habí llevado a devolver un abrigo negro perdido (ajá!) cuando reconozco la solapa del mismo ¡debajo de las nalgas de este par de ratas! Y para no armar la de San Quintín, sólo les dije, ‘¿me das chance de ver que no se haya ido para acá, atrás de su respaldo?’ Y tiré de la solapa, lo cual los obligó a levantar su par de traseros mentirosos y ¡efectivamente, era mi abrigo! ¡Jijos de su ratera madre! O sea, el abrigo ¡voló!, ¡voló inexplicablemente del sillón de en frente de ellos hasta debajo de sus nalgas y en minutos! Me les quedé viendo y conmigo todos los que estaban en la mesa de mi amiga y el de seguridad (que no sabía qué hacer). Y claro, todo mundo empezó a decirles ‘pinches cacos’, ‘no mamen’, etc. y todavía, la vieja les grita ‘¿Tienen algún problema?’. Pobrecita. Ya no quisimos armar más pancho. Finalmente el abrigo apareció. Pero qué asco de personas, en serio. Ufanamente los cabroncetes se sentaron en él, han haber dicho ‘Ahorita esta tarada se cansa de buscar y se larga ¡y ya tenemos abrigo nuevo!’.
posted Sunday, November 2nd, 2008 at 13:33 en In touch. Commentarios RSS 2.0.
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