Anoche y bastante más esta mañana, lloré como Magdalena por vez número (echando más o menos cifras), 1599 de desesperación, de sensación de injusticia. ¿La causa?, la de siempre desde hace tres años: mi carrera actoral. ¿Por qué tres años? Les contaréde rápido. En realidad llevo seis, casi siete dedicándome a la actuación de manera profesional y con todas sus letras. A los tres años de picar piedra, parecía que el salto pa arriba estaba por darse. En 2005, obtuve un personaje en reparto estelar, horario estelar bajo la producción de Ernesto Alonso. Y eso me llevó de manera simultánea a entrar a una serie de canal once que prometía bastante, se llamó Línea Nocturna y el reparto estaba choncho: Ana Serradilla, Rodrigo Murray, Carlos Cobos y yo, con invitados perros por capítulo. Ese año me la pasé corriendo de una televisora a otra y estaba por estrenarse la primera película que una año anterior había filmado. Y parecía que las cosas iban a despegar, pero no pasó nada una vez que todo eso acabó. Me hice de cierta familla por mi trabajo, porque gustó, pero no me abrió más puertas. Y en una onda estilo ‘mala suerte’ desde ese año he trabajado aquí y allá pero no se ha repetido. He hecho demasiados castings, audiciones, he tomado cursos, me he movido como loca para hacer contactos, he sido hasta hartante para llegar hasta directores, productores, etc. Pero tampoco ha funcionado. ¿Cosa de paciencia? A veces se acaba y ayer fue el caso, después de una hora y media de esperar a un productor que nunca me recibió, de no poder hacer casting para una novela ‘porque no tengo nombre’, de enterarme que no me quedé en un corto. Entonces, de repente me llegó una idea ‘¿Por qué me torturo así? Tal vez sea talentosa y ame esta carrera, pero posiblemente no es para mí, y ese el mensaje que me está dando el Universo. No es lo único que sé hacer, ¿por qué emperrarme en algo que no me está dando nada?, que sólo me está amargando mis días’. Y hubo un lapso de varias horas en que decidí terminantemente dejar la actuación para siempre, como se deja a un mal novio que te ha dado más malos ratos que buenos. Y estaba convencida. Sólo que quedaban abiertas muchas cosas, citas pendientes, castings, cosas que en ese momento me dije ‘No las puedo botar’ y luego me entraba de nuevo esa idea y decía ‘¿Por qué no?, sólo desaparecer para todos esos contactos y pendientes’. Y así me fui a mi clase de cine. Misma a la cual también dudé en asistir pero me movía el dejar plantado a mi compañero con el que me tocaba filmar la escena, el ejercicio de ese día. Además ya la había preparado. Pero la idea aquella nuevamente me decía ‘¿A qué vas, si esto simplemente ya se acabó?’. Y como una causalidad (porque las casualidades no existen), me llamó mi maestro para preguntarme a qué hora llegaría (ya que la clase anterior le dije que tendría ensayo de una obra de un amigo a la que entré y por la cual no me van a pagar pero es una comedia típica y seguramente funcioná), entonces cuando escuché la voz de mi maestro, me levanté y fui a la clase. Pensé antes de salir, ‘Iré sólo para no dejar colgados a todos (director, fotógrafo, iluminadores y claro, al otro actor). Pero hoy se acaba’. Entonces, llegué, ensayamos, y el director comenzó a rodar. Y volví a sentirme actuando y vi la cara del director, satisfecho y dije ‘Mañana lo pensaré de nuevo, tal vez aún deba seguir otro rato más’. En la mañana me despertó la sensación de ‘Hoy hay que decidirlo’, o no sé, algo extraño, como cuando despiertas a la mañana siguiente de que terminaste una relación de años y te agarra la angustia y el ‘qué voy a hacer sin él’. Y lloré otro poco más antes de irme a grabar el podcast. Pero mañana tengo cita con un director y no puedo botar la obra aunque no me guste, ya me comprometí. Y acabo de darme cuenta que todo esto sólo fue un simulacro. No me iré, quzás si me fuera muy pocos lo notarían pero la que no podrá dejar de notarlo, seré yo. Me recordó algo que leí hace mucho, del brillante Mesa Selimovic, escritor y filósofo serbio.
“(…) Nadie debería detenerse en ningún lugar más tiempo del necesario. El hombre no es un árbol, y las ataduras constituyen su mayor infortunio, le arrebatan el coraje, le restan seguridad. Al encadenarse, acepta todas las condiciones, incluso las más ingratas, y sólo teme a la precariedad de su existencia. Cambiar le parece un abandono, la pérdida de lo conquistado, la cesión a algún otro del terreno ganado; es empezar de nuevo. El arraigamiento es el verdadero inicio de la vejez, porque el hombre es joven mientras no le asusta recomenzar. Si se radica, el hombre soporta o ataca. Si se va, resguarda su libertad, dispuesto en cualquier momento a mudar de hogar y a variar las condiciones impuestas. ¿Adónde y cómo partir? No te rías, ya sé que no tenemos a dónde. Pero podemos, de tarde en tarde, crear un simulacro de libertad. Fingimos partir, fingimos cambiar. Y siempre volvemos, apaciguados, consolados por el engaño.”
posted Miércoles, Enero 21st, 2009 at 22:18 en In touch. Commentarios RSS 2.0.
You can leave a response, or trackback from your own site.







