Nada puede romper de manera más abrupta un momento de sensualidad, erotismo y agarrón que causar o casusarse una lastimadura o dolor en las zonas nobles. Muchas veces por vil ignorancia, otras porque los movimientos algo nerviosos o demasiado animados que la propia calentura promueve, nos dejan en el temblor doloroso y en ocasiones en las ganas de elegir el celibato.

No hace mucho, una amiga se dio la meneada de su vida montada en su hombre y en su afán de mostrar sus habilidades, le causó un tremendo hematoma en el pene al galán. No habrán de imaginare a angustia de ambos. Sobre todo, el dolor de él, posteriormente, la llamada de emergencia (a mí, gracias) y lo obvio, la visita al doctor, quien les explicó que dar un tirón demasiado fuerte cuando el pene está erecto y por ende repleto de sangre, puede lastimar los cuerpos cavernosos y se causa un moretón tras el agudo dolor en el que el hombre jura que ha perdido el miembro y que habrán de amputárselo. En el caso de mi amiga, sólo hubo que dejarlo descansar (de vagina y mano) durante tres semanas y tomar unos desinflamatorios. Pero sí hay casos más severos, en los que incluso, en el consultorio se debe drenar la sangre hecha bolas dentro del pobre Mr. P, cosa fea. Algunos requieren de anestésicos tópicos porque hasta ponerse el pantalón les resulta un vía crucis. Por lo tanto, queridas féminas en pleno ardid, hay que ser un poco cuidadosas, por viril y fortachón que parezca el pene de su hombre. En la mayoría de los casos, dicha contusión es efecto de, al estar la mujer arriba, ensaratada (perdón, penetrada), ella mueve con demasiada fuerza su cadera, casi siempre hacia atrás, doblando el pene hacia los testículos y si no tiene una base muy flexible (algunos pueden doblárselo hacia atrás, otros no pasan del ángulo perpendicular con respecto a sus piernas), pues se lastimará, y gacho. Con mesura, señoras, con mesura.

Sí, este es el corte de un pene. Para que lo vayan conociendo.

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