Desde que íbamos a la primaria nos enseñaron que cuando nos equivocamos, merecemos ser reprobados. Que el no esfuerzo o la falta de disciplina nos llevarían a un castigo; a las viejas ‘orejas de burro’. Mentales, emocionales o físicas. Y la sensación era espantosa. Tener que llegar a mostrar la boleta de calificaciones con cincos, o ver a tu madre atender una cita con la maestra -con esa cara de ‘me has defraudado’- e ir en el auto con ella, camino a casa, donde sabías que te esperaba una buena gritoniza o tunda. La sensación te duraba en la panza unos buenos días. No obstante, no aprendimos. Eso nunca nos instó a aprender. Sólo sabíamos que estábamos reprobados pero nadie nos enseñó que equivocarnos y tener consecuencias por ello, era una enorme oportunidad de aprendizaje y por lo tanto de crecer. Nunca sucedió.

Entonces en las relaciones nos fue igual. Cuando llegó el inevitable rompimiento de un noviazgo o matrimonio, sólo nos quedamos con la sensación de ‘reprobado en el amor’; defraudados de nosotros mismo como lo hacía nuestra madre. Sin embargo, realmente nunca lo vimos como una oportunidad para aprender. Para analizar nuestras fallas y lo que estuvo en nuestras manos remediar (y no hicimos). Sólo vivimos el duelo, nos revolcamos de dolor al sonido de una buena rola que nos recordara al(a) ex y punto. Cuando se mitigó el dolor, y nos sentimos listos, iniciamos una relación nueva: CON LOS MISMOS, EXACTAMENTE LOS MISMOS ERRORES VIEJOS.  Y vuelve a empezar. ¿Qué caso tuvo entonces? Por ahí cuando alguien se divorcia, le dicen ‘Tienes derecho a rehacer tu vida’. ¿Rehacerla? No se deshizo, no dejó de ser tu vida simplemente cambió y tienes derecho sí, a evolucionarla. No es un fracaso, es un cambio. Necesario por lo regular.

Toda, toda la gente que pasó por nuestras vidas, tenía el propósito de enseñarnos algo: hermoso u horrendo; nos enseñó a ser menos gueyes o más confiados, o menos celosos o más comprensivos o más leales, o menos borrachos o más sociables. Pero todos tenían un propósito. Si los dejamos pasar y nos reiniciamos en las artes amatorias cargando los viejos patrones, es como hacer una y otra vez la primaria y seguir sin entender cómo demonios resolver una raíz cuadrada.

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