Alguna vez en una discusión sobre disfunciones sexuales, una mujer preguntó si el callar los gemidos, tragarse esas ganas de gritar o hacer ruidos sexuales durante el coito, pudiera causar una disfunción sexual. Ella comentó que por remodelación de su casa, ella y su novio estaban pasando una temporada en casa de sus cuñados. Por obvio respeto trataban de ser muy silenciosos pero que eso le estaba causando a su pareja dificultad para eyacular.

En ese momento le comenté que posiblemente a él, la carga de erotismo que se da al escucharla jadear y expresar verbalmente su placer, le promovía tanto que coadyuvaba a la llegada del clímax al tiempo que él mismo poder soltarse y gemir lo liberaba. Como tal una disfunción, no se da, pero sí puede generar una sensación de encierro, poca liberación y efectividad del encuentro.

Y es que es horrible tener que evitar el ser escuchado. Y no es algo fácil de conseguir. Por lo regular surgen desde suspiros hasta gritos. Sé que quienes están fuera pueden incomodarse pero cuando de plano no hay de otra, cuando uno no puede mudarse de casa para buscar un lugar con paredes más anchas, ni modo. A mí me ha pasado y he terminado por decir ‘Lo siento mucho’ y cuando es a mí a la que me llegan ruidos de otros departamentos, digo ‘bien por ustedes. Disfruten’. Un amigo me contaba que tiene unos vecinos que además gustan de ser escuchados ya que abren sus ventanas y es clara su intenció ya que gritan a todo pulmón y relatan paso a paso lo que se están haciendo uno al otro. Eso ya es otra cosa pero los naturales, los normales, yo voto porque no sean callados. Y miren que es común que en muchos edificios pongan letreros como estos.

Ups, es incómodo pero también hay que liberarse. ¿Les ha pasado?

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