¿Qué sería de las especie humana sin esa bomba de descargas neuronales, hormonas y sustancias que llamamos amor? Con seguridad te crees capaz de sentirlo en su estado más puro. Claro, dirás, todos amamos. No obstante hay quienes afirman que dicho sentimiento está supeditado. Que en realidad no sabemos darnos ni conocemos la esencia del amor incondicional.

La psicología transpersonal y sus estudios de nuestros potenciales más elevados y trascendentes nos muestra que estamos muy lejos de dar el salto de Homo Sapiens a Homo Amans: ese ser que experimenta “una especie de derramamiento de sí mismo sin consideración del tipo de objeto en el que se desparrama dicho amor, un amor que abraza todo […] sin rechazo en absoluto, sin ninguna prevención, con visión transparente”, afirmó el filósofo español Raimon Panikkar. Es así que -siendo honestos- la mayoría ‘amamos’ de manera menos poética. Más bien convenenciera. Una persona sólo puede ser amada si se adapta a lo que tus necesidades dictan que es la pareja ideal. No sólo perenne sino estacional.

Y ese sentimiento es la consecuencia de un previo enamoramiento; mismo que muestra sus bemoles bajo análisis. Bien se dice que no te enamoras de una u otra sino de quién eres cuando estás a su lado. Luego, la ciencia te deja pensando aún más: llevan décadas hablando de funciones cerebrales, sustancias casi impronunciables –como la feniletilamina- o sea, una anfetamina natural,  neurotransmisores y mensajeros químicos que componen un coctel letal que inunda tu cerebro. El resultado es un proceso vital estupidizante.

De acuerdo a ciertos investigadores como Donald F. Klein y Michael Lebowitz, del Instituto Psiquiátrico de Nueva York, simplemente experimentas reacciones bioquímicas a las que tarde o temprano te harás resistente (en un aproximado de 18 meses) e irán desapareciendo dando lugar –según otros autores- al verdadero amor.

Según muchos otros, simplemente a la EUGAMIA: una combinación complementaria entre tú y tu elegida con base en una transacción de valores generales como afinidades, estatus económico, nivel cultural, coeficiente intelectual, poder social, belleza universal, deseos sexuales, etc. Y eso lo reconocemos como amor.

Tampoco podemos dejar a un lado los modelos que mamamos sobre el verbo ‘amar’. La fuente principal por excelencia es la familia y como ha publicado el sexólogo John Money (Lovemaps, 1993), desde niños se crearon circuitos cerebrales en nuestra cabeza, mapas mentales, sobre lo que es el amor en pareja. Incluso ahí se formó nuestra idea de belleza y erotismo. Y si en casa aprendiste que amar es depender, celar, engañar, hembrismo o machismo; tendrás tu panorama. Patrones similares u opuestos conscientes. Bajo esta línea, nuevamente hay muchas complejidades. En un ambiente de codependencia y destrucción emocional, como sucede a gran escala, no podemos hablar de amor. No desde la objetividad, porque todo yace en el amor propio y se deslinda hacia la pareja. Pero finalmente ‘amar’ es una experiencia personal. Nos podemos devanar el cerebro pensando si realmente existe o si no es un sistema aprendido.

Comienzas a preguntarte si eso de ‘amar, lo que se dice amar’, te ha sucedido. ¿Opiniones?

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