Carambas, sí que duele. Nomás de recordarlo. Afortunadamente ya tiene sus… ¿qué serán? seis años que no vivo el maléfico dolorón por rompimiento. Pero nadie negará que en ese momento desearías que alguien te trepanara el cerebro. Como todo, obedece a cuestiones puramente orgánicas. A nuestro cerebro y hormonas.
Ya hemos platicado en otras ocasiones en este sitio sobre el enamoramiento, el proceso químico que literalmente revienta y revoluciona nuestro existir. Desde que -gracias a Klein y Lebowitz- se ahondó en el estudio de la feniletilamina como sustancia responsable de que nos enamoremos y quedemos literalmente imbecilizados por otra persona, igualmente hemos descubierto el por qué duele como choques eléctricos en los genitales el terminar con una persona. El ‘mal de amor’ es un verdadero padecimiento. Y si bien se dice que “nadie se muere”, sí hay toda una sintomatología complejísima. Cuando nos enamoramos el cerebro se inunda de la ya mencionada feniletilamina y después de unos meses (según expertos 18 como máximo), nos volvemos resistentes al químico pero, pero -y aquí viene la música de ‘Psicosis’- si antes de dicho proceso de resistencia, la relación se rompe, ¡ah jijo! la sensación emocional vendrá acompañada de un síndrome de abstinencia potente que nos hace extrañar más, sentir con mayor fuerza ese ahogo, esa necesidad de ‘Vuelve a mí, como sea pero vuelve, aunque sigas igual de canij@. Y es más, me pongo de pechito’. Porque necesitamos nuestra dosis, porque la oxitocina (hormona del vínculo que hemos citado varias veces aquí), no encuentra correspondencia.

La buena noticia, es que cuando una relación que lleva poco tiempo, se termina, ese dolor -y de los gachos- igualmente se aminora con mayor facilidad. Porque aún no estábamos ligados con otras sustancias como por ejemplo, las endorfinas. Los efectos de éstas generan el apego, y por lo regular aparecen cuando una relación ha sido larga, su poder (que es parecido al de la morfina u opiáceos) emerge una vez que el enamoramiento químico ha dado lugar al verdadero amor. Se pueden ‘activar’ cuando aunque llevemos mucho tiempo juntos cuando se experimenta una situación que nos reenciende. Tal vez ya no estamos dopados como en el enamoramiento pero las endorfinas ya nos hicieron crear una sensación mutua de seguridad, comodidad, incluso paz. Y es por eso que al terminar, a los factores emocionales se le suma este otro síndrome de abstinencia, porque ya no tenemos nuestra dosis diaria a la que veníamos acostumbrándonos los últimos meses o años. Y entonces duele más.

Hay soluciones, pero se las traigo al rato porque tengo que salir volando a llamado de la novela y de ahí me voy a ‘La Sobremesa’, si pueden véanme ahí a las 4 de la tarde.

Por ahora cuéntenme, en medio de esa batalla química en su cabezota, ¿qué babosadas han hecho cuando han padecido de ‘mal de amores’?

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