Terminar con una pareja para enriatarse a los dos días con otra, o quizás vivir en empalme de dos (infidelidad) y sentirse en la imperiosa necesidad de elegir una -cuando quizás ambas apestan- o bien, estar en una sola que en definitiva te hace la vida infeliz pero ‘no sabes por qué’ no la puedes dejar, son claro ejemplos de codependencia y de la gacha.

En general todos somos codependientes de algo o alguien, es tan común que ni siquiera se promueve como una necesidad de buscar ayuda o un grupo estilo AA ‘Hola soy Pancha y soy codependientes’, el grupo CA (codenpendientes anónimos) no existe; no obstante, es uno de los grandes males sociales actuales. Las causas, simples aunque en profundidad realmente complejas: todos hemos tenidos momentos que marcaron nuestra vida, en aquellos que fueron dolorosos, quedan vacíos que tratamos de llenar a como dé lugar. Y cuando encontramos a alguien o algo que aparentemente los llena (aunque en realidad el asunto no esté sanado), generamos un apego hacia él/ella/eso. Y se da la codependencia. No importa lo imiserables que en el día a día nos haga, o lo mucho que afecte el resto de nuestras áreas de vida, simplemente nos carcome la idea de dejarlo(a). Porque el vacío sigue ahí y ya nos vendimos a nosotros mismos la idea de que con su presencia se nos mitiga eso.

Un amigo hace poco salió de un matrimonio que ya no lo hacía feliz, al que él mismo le dio ‘el  tiro de gracia’ al ser infiel y descubierto. Decidió, en vez de darse un tiempo de duelo (normal y necesario), mudarse en el acto con la chava con la que fue infiel. Claro, copy-paste se armó la hecatombe con la nueva pareja, se llevó todos los motivos de conflicto al nuevo hogar -mismo que prometía ser mieles sobre hojuelas- y dale de nuevo, ahora está a dos de separarse de la ella. Ni modo, causa y efecto, como le dije. Lo que me sacudió fue su plan de volver a buscar a su ex. Él lo llama ‘valorar’, para mi gusto, es un simple deseo de no quedar solo. Porque a todos nos cuesta estar con nosotros mismos y habemos a quienes nos ha tomado procesos de terapia largos el aprender a estarlo y a no necesitar que cosas o personas nos subsanen esa angustia.

Como le dije, ‘si ahorita apareciera otra mujer que te moviera la hormona, no pensarías en buscar a tu ex. Porque esa nueva-nueva cubriría la solicitud de no estar solo’. ¿Por qué nos cuesta tanto trabajo? Es como una afirmación que escuché hace no mucho por parte de una pediatra amiga de una amiga mía, su novio es un verdadero malandro con ella, y esa tarde en que la conocí se quejaba amargamente por ello. Mi amiga le dijo, como es obvio, ‘Güey, ¿por qué no lo mandas a la mierda?’. Y ella contestó (cosa que hizo que a mí se me atorara en la garaganta el trago de cerveza), ‘En tanto no aparezca otro, aguantaré’. Y narró sus horribles años de soltería: cuando tenía que volverse loca consiguiendo quién la acompañara a una boda o a una reunión de parejas, cuando era interrogada cruelmente por la gente quienes no se explicaban por qué estaba sola (ya sabemos que la soltería se ve socialmente como un fracaso), cuando su madre le llegó a preguntar si era lesbiana, etc. Y dijo no estar dispuesta a vivir eso de nuevo. ¡Ah caray!

La codependencia sólo tiene una cura interna, y como toda adicción, un ‘tocar fondo’ y una disposición personal de sanarse. Nadie, ni el mejor orador del mundo tiene el poder de convencerte de buscar ayuda, sólo tu ‘yo interno’ quien te dice un día ‘¿No estás hasta la madre de vivir así?’. Pero mientras uno no se acepte codependiente y trate de arreglarlo, su vida será un eterno deja vu. Bien dice un proverbio chino, “Si no cambiamos la dirección de nuestros pasos, terminaremos llegando allí adonde nos dirigimos”.

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