A los seres humanos nos encanta darnos ciertas licencias, creyendo que podemos hacerlas y nada se moverá, nadie saldrá afectado ni seremos descubiertos. Somos rete buenos para poner el cuerno (y el cuerpo) pero muy malos para aceptar responsabilidades. Hombres y mujeres, no es un asunto puramente masculino. Puede ser de una noche o de una temporadita, pero ser infiel tiene el mismo peso siempre, el daño emocional varía (no es lo mismo que una mujer se entere que su marido tiene toda una familia instalada a sus espaldas, que quien se entera de que el novio que -necesitó confirmar su hombría en una noche de tragos con la primera fulana que se le acercó- hizo sus cochinadas). No obstante, siempre deja una herida, muchas veces imposible de perdonar. Y todo, todo lo que se ha construido se va al caño.

He escuchado una infinidad de pretextos bajo los cuales nos damos ese licencia, ‘porque mi pareja no me atiende’, ‘porque me ignora’, ‘porque me sentía solo(a)’, y de las más estúpidas ‘porque mi pareja también me fue infiel y me estoy vengando’. La pregunta siempre es ‘¿entonces qué coño haces ahí?’. Pero reconozco que la práctica es muy distinta, es fácil no valorar o tener los pantalones para terminar una relación y se toma un camino supuestamente más sencillo. Casi nunca lo es.

Al respecto de sincerarse, casi siempre viene cuando es innegable la situación, cuando hemos sido descubiertos o estamos por serlo. O cuando el cuerno en cuesión nos obliga a hacerlo porque nos está fastidiando demasiado la vida como para poder seguir ocultándolo, al estilo de Glenn Close en ‘Fatal attraction’. A veces podríamos ahorrarnos muchos gastos emocionales (o físicos) si tomáramos nuestro par de huevitos y nos sinceráramos con la pareja cuando nos hemos dado cuenta que esa infidelidad no merece que perdamos todo lo que tenemos. Obvio, no habrá aplausos y en la mayoría de los casos se requerirá de un tiempo para que la otra persona digiera las cosas y decida si puede perdonar y dejar ir la situación o prefiere mantenerse lejor. Ni modo, son los costos. Pero créanme, siempre es mejor que la persona se entere de nuestra boca que por alguien más. Y cuando el cuerno en cuestión anda rondando y buscando hacerles la vida pesada, pasará y el golpe será doble. En ocasiones aunque no haya nada que temer, tranquiliza el alma como no tienen idea. Se deja de vivir con esa angustia de ‘a ver qué día se entera’.

La mejor manera siempre será simplemente decirlo, a solas, tranquilos y con una absoluta convicción de pedir perdón, de disculparse y esperar que la pareja pueda entendernos algún día. Yo alguna vez lo hice en una relación pasada, cuando mi cuerno en cuestión estaba más que dispuesto a torturarme la vida hasta que mi entonces novio se enterara. No hubo más, no pude esperar a que cumpliera la amenza y me confesé. me costó una y la mitad de la otra lograr ganarme su confianza de nuevo. Pero siempre diré que decírselo fue el único modo de encontrar paz y su perdón. Ya después la relación se fue al caño por otras razones. Pero nada tuvo que ver con mi infidelidad. De verdad, ustedes saben quiénes son, confiésense, no esperen a que la tragedia se ponga peor.

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