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Cuentos de Ultracama Presenta ‘Relatividad’ Parte 1, 2 y 3
Les recomiendo releerlo, cambió bastante. Este viernes, la cuarta parte y el final. Retomamos los Cuentos de Ultracama. Espero les guste.
Kitty no tenía idea de cómo hervir una pechuga ni cómo hacía la gente para lograr que los granos de arroz no terminaran hechos puré o pegados a la olla, como le sucedía cada que su suegra le pedía hacer de comer. Esa tarde no sólo había sido el arroz sino el pollo y las verduras las que se le habían quemado. Cuando su suegra, Lila –como le había pedido que le llamara ‘ahora que eran familia’- subió a su departamento a emplatar su porción, sus párpados arrugados se fruncieron y sus ojos ‘cuasi verdes Hulk’, como Kitty los había bautizado cada que se ponía los pupilentes, parecieron hundirse debajo de los pliegues arrugados ante su supuesta sorpresa. Kitty sabía que el olor a quemado había llegado hasta su ventana y que precisamente eso le había dado el pretexto para subir las escaleras y poner cara de ‘¿Se te quemó otra vez?’ y sonreír irónicamente. ‘No te preocupes mija, pedimos comida china… otra vez’. Fue todo lo que dijo acariciándole la cabeza y echando un vistazo al resto de la cocina, cerciorándose de la limpieza. Finalmente ese departamento era suyo y sólo se lo había prestado a su hijo mientras su situación mejoraba. Entonces esa terrible hada que sube del infierno para meterse en la boca de las personas en plena ebullición se apoderó de las palabras de Kitty. Un ‘¡Váyase a la verga!’, simplemente se escapó, huyó desde su paladar y resonó hasta la recámara desde donde Matías, el recién casado y padre primerizo Matías, salió boquiabierto y como suspendido en sus calcetines mugrosos para ver a su madre a punto del llanto ante el insulto de Kitty. Así comenzó el final de su martirio.
‘¿Si pudieras regresar el tiempo qué harías?’ resonó en la cabeza de Kitty. Gladys preguntaba inspirada en la película que acababan de ver. Mientras lamía la crema batida del popote de su frapuccino, no midió que sus palabras eran casi ofensivas ante la situación de Kitty. En seguida vio sus ojos acaramelados, color avellana, clavarse en ella.
- ¿Es burla?
- No Kit, no lo decía por eso… me dejó pensando la película.
- ¿Qué cambiarías tú si tuvieras 17 años y fueras a celebrar tus 18 teniendo un bebé y olvidándote de ir a la universidad y cocinando y viendo fotos de una boda horrible donde tu mamá lo pasó llorando y donde tú fuiste la novia?
Desde esa noche, saliendo del cine, Kitty comenzó a leer sobre relatividad y viajes en el tiempo. La mañana que parió, precisamente en la última pujada, pensó en el espacio-tiempo de Einstein y se imaginó viajando lejos del quirófano. Pensó que al menos el no tener la panza le haría más ligero el viaje. Pero no pudo salir de ahí. Recordó un artículo donde el autor afirmaba que quienes caen en estado de coma, en realidad están viajando astralmente. Imaginó que, de pronto, ante el esfuerzo de dejar salir de su vagina una bebé de más de tres kilos, quedaba en coma. Tampoco sucedió. Ni ese día ni los siguientes siete meses.
Kitty intentaba respirar hondo, como su amiga Gladys, que estudiaba para ser terapeuta Gestalt, le había indicado, ‘Respira en diez cuentas y suelta el aire lo más despacio posible’. Pero su pecho le indicaba otro ritmo, no podía disminuir su jadeo, se sentía como en uno de esos concursos que hacía con sus primos en las albercas; donde el que aguantara más debajo del agua surgía ganador. Recordaba esa sensación de salir mareada y con urgencia de jalar todo el aire posible. El llanto de Esperanza continuaba, ya eran gritos, parecía estar a punto de privarse y los golpes de Matías, sus puños contra la puerta del clóset, tampoco cesaban. Lo intentó de nuevo, respirar hondo y tomar pequeños sorbos de agua como Gladys le había recomendado. De pronto, Esperanza se calló, no se escuchó más su llanto. En una especie de fantasía horrenda, culposa, Kitty imaginó que se había privado y que había dejado de respirar. Tal vez ya no había nada qué hacer. Pero corrió hacia la cuna, desesperada, pensando encontrar la escena más dolorosa y aliviante de su vida. La encontró dormida, en la misma postura en la que la había dejado llorando entre las cobijas. Tenía los ojitos cerrados, mojados y las mejillas muy enrojecidas; sus pequeños párpados transparentaban sus venas, hinchados de tanto llorar. Kitty nunca se sintió tan mierda, tan mala madre, tan culpable. La levantó y acurrucó, la meció en sus brazos. No podía entender cómo había sido capaz de pensar que sin ella su vida sería mejor. Era un pedacito de vida completamente indefenso y dependiente de ella. En ese momento no le importaba ya acabar la prepa o ir a las fiestas o verse cual Gwyneth Paltrow en brazos de un ‘Shakespeare in Love’. También se habían dejado de escuchar los puñetazos de Matías. Entró a la recámara pensando que quizás se había roto una mano y eso lo había detenido. Pero lo encontró abriendo una maleta, a punto de empacar.
- ¿Qué haces? ¿Para qué es la maleta?
- Ahorita vamos a decidir quién se va, quién va a meter su ropa a la maleta pero ya no quiero vivir contigo. ¿Quién se va?
- Este departamento es de tus papás.
- ¡No te estoy preguntando eso! Mis papás no te van a sacar de aquí, por Esperanza, porque después de que mandaste a la verga a mi mamá, no te quiere volver a ver.
Negociaron sus libertades. Después de once meses de casados y de al menos dos peleas diarias, se acabó. Kitty fue quien empacó. Y aceptó la oferta de Matías, le dejó a Esperanza. Los dejó por completo. Esa noche, con los mil pesos que le sobraban del gasto de ese mes, tomó un taxi hasta le central camionera, compró un boleto a Guaymas (el siguiente camión llevaba ese destino) y un sándwich frío y medio descompuesto. Matías nunca lo supo. Después de tres meses de buscarla por hospitales, delegaciones y morgues, o esperar la llamada de algún secuestrador, su padre, con un sencillo ‘¿Para qué te engañas?’ lo convenció de que se había ido. La mamá de Kitty la buscó dos años más. Nadie tenía pistas. La noche de Año Nuevo del 2006 empezó a digerir la idea de que tal vez estaba muerta o no quería ser encontrada. Visitaba a Esperanza de vez en cuando, Lila la invitaba a sus festivales escolares y la veía crecer, acababa de verla cumplir cuatro años y parecerse cada día más a Kitty.
Gladys estaba por graduarse y le daba terapia a Matías, lo había convencido de ser su conejillo de indias en sus pruebas de tesis y lo hizo descubrir lo mucho que todos esos años había necesitado hablar con alguien: relatar sus pésimos y únicos dos noviazgos y confesar que nunca más había tenido sexo de nuevo; no había vuelto a lograr una erección con una mujer desde que Kitty partiera. Nunca pensó que llorar fuera tan fácil. Sus sesiones siempre terminaban con una plática sobre Esperanza, sobre sus adelantos en el kinder, sobre sus preguntas acerca de quién era su mamá y porqué vivía con sus abuelos. Su última terapia, Matías hablaba de su hija cuando, como salido desde sus testículos, expulsó lo único que deseaba esa tarde de su cumpleaños número veintidós.
- …y me siento muy apoyado, mi mamá se ha portado increíble estos años. No sé qué hubiera hecho solo, con una bebita de siete meses. Cuando Kitty se largó… lo de la maleta que te conté, fue un impulso, no quería que se fuera. Tampoco cuando le dije que me dejara a Esperanza y que no volviera, te juro que no fue en serio. No pensé que lo fuera a tomar tan literal. Y no te voy a negar que a veces pienso en ella y me dan celos de pensar que ya está con alguien más… ¡Sólo quiero verla, saber que está bien! ¡Y quiero hacer el amor con ella! ¡Quiero que se me pare, carajo!
- ¿Crees que Kitty es la solución a tu bloqueo sexual?
- ¡No sé! Pero, ¡puta madre!, tengo veintidós años y vivo en el celibato, mis fines de semana los paso jugando con mi hija y viendo a mis amigos salir con viejas y cogerse a miles y divertirse. Este año me gradúo de la universidad y te juro que me preocupa no tener con quién ir a la fiesta de graduación. ¡Estoy hasta la madre de masturbarme! ¡Pensando en Kitty! ¡Si no pienso en ella no me puedo venir!
Gladys estaba impactada con la sinceridad y desahogo furtivo de Matías. Se sintió satisfecha, eso quería decir que sus meses de trabajo estaban dando resultado. No se parecía nada al Matías hermético que contestaba con monosílabos las primeras sesiones. Pero se sintió sin posibilidad de contestar, pensó que a meses de graduarse, estaba poco entrenada para algunos casos. Escapó del problema invitándole una cerveza para festejar su cumpleaños y salieron rumbo a un bar a unas cuadras de su escuela, donde a falta de consultorio, usaba una de las salas de uso común. Salió de ahí prometiéndose que lograría que Matías tuviera una erección esa noche.
Cristina vio el calendario pegado en la cocina del restaurante en el que trabajaba, se quedó viéndolo y olvidó las tres margaritas que los clientes de la mesa ocho estaban esperando. Regresó a preguntar por segunda vez qué deseaban de tomar y se quejaron, uno de ellos casi gritó, ‘Te acabamos de ordenar tres margaritas de tamarindo’. Roberto escuchó desde la caja, se acercó a disculparse con los comensales y le pidió a Cristina entrar a la cocina con él.
- ¿Qué te pasa mi amor?
- Se me olvidó que ya habían ordenado.
Roberto pensó que Cristina había descubierto en el cajón de su buró el anillo de compromiso que pensaba darle esa noche. No le parecía lógico ya que lo había metido en una caja de pasta dental dentro de un calcetín y hasta el fondo del cajón. Pero le ilusionaba la idea de que ella estuviera nerviosa, distraída, esperando el momento. Ya se había puesto de acuerdo con los meseros y cuando saliera el último cliente de su restaurante apagarían todas las luces, pondrían candelas en la playa y una mesa con champaña donde le pediría que se casaran. Había ahorrado cinco meses para ese anillo. El último huracán lo había dejado casi en banca rota, había tenido que volver a poner prácticamente todo el restaurante. Era de los pocos en su familia que antes de los treinta años ya tenía su propio negocio y no quería perder esa autonomía al pedirle prestado a su abuelo para reconstruir las palapas hechas polvo y los baños deshabilitados. Su cuenta apenas estaba respirando pero no le importó mandar traer desde Hermosillo el anillo que pensaba que sería ideal para Cristina. La veía caminando atendiendo las mesas y mirándolo de reojo, estaba casi seguro de que ella lo había descubierto. Su cabello rubio por el tinte y el agua de mar estaba enroscado en su nuca con un listón y veía sus pantorrillas perfectas caminar rápido por el tablón y secarse el sudor con el delantal. Le parecía perfecta en ese vestido rojo sin hombros, con flores azules y holanes. Sólo quedaba una mesa ocupada y empezó a sentir nervios, se acercaba la hora. Había ensayado toda la tarde cómo iba a decir las cosas, su amigo Aníbal le había dicho que primero preguntara ‘¿Te quieres casar conmigo?’ y después sacara el anillo.
- Así te aseguras que acepta sinceramente, no por la joya.
- No mames, me va a decir que sí. Vivimos juntos hace más de tres años.
- No sé, pero como está tan morra, a lo mejor no se quiere casar todavía. Tú porque ya tienes veintisiete pero ella tiene apenas veinte años.
- Veintiuno.
Roberto la descubrió sentada en una de las mesas de la terraza, viendo el techo de palmas, con las piernas levantadas sobre una mesa y los brazos colgando. Pensó que tal vez estaría muy cansada y empezó a arrepentirse de darle esa noche el anillo. Quizás lo único que quería era dormir y la celebración se iría al demonio. Notó que sólo estaba buscando pretextos en sí mismo para echarse para atrás. En el fondo no estaba tan seguro de que ella aceptara. Cristina continuamente sufría una especie de episodios de depresión. De la nada lloraba o se quedaba callada por horas. Le parecía normal dada su historia. La había conocido sedienta y llorando en la plaza, sin dinero ni dónde quedarse. La mujer que le había rentado un cuarto la había corrido por no pagarle. Le contó que llevaba más de una semana buscando trabajo y que estaba sola en el puerto. Venía escapando de su padrastro, un imbécil que trataba de aprovecharse de ella desde que su madre había muerto. Roberto la vio, le parecía extraño que una niña con sus facciones, su ropa y su tipo estuviera pasando pobrezas y le ofreció trabajo de mesera en su recién abierto restaurante. No traía papeles ni una sola credencial pero algo le hizo confiar en ella y ese mismo día la contrató, la alimentó y la dejó dormir en la bodega. Pero a media noche comenzó a llover y le preocupó que pasara frío en ese lugar. La llevó a su casa y le ofreció el sofá. A la mañana siguiente, cuando la vio acurrucada, en una postura indefensa, con los ojos cerrados, totalmente extenuada, supo que había llegado para quedarse. Se enamoró de ella en unas semanas. Pero hasta ese instante, a menos de una hora de pedirle que fuera su esposa, no sabía de dónde venía. Cada que le preguntaba, ella le pedía que no indagara en eso, ‘Si te digo de dónde vengo vas a ir a buscar a mi padrastro y quiero evitar una desgracia’.
El momento había llegado, algunos detalles estuvieron fuera del plan y terminaron sentados en la playa con la botella de champaña y las candelas iluminándolos. Entonces Roberto respiró profundo, sentía las gotas de sudor escurrir por su espalda, pegando su piel a la playera naranja que llevaba. Tenía la garganta seca pero comenzó, sonriendo.
- Tengo que decirte algo. Quiero pedirte algo.
- Yo también tengo que decirte algo, pero no sé cómo.
En la mente de Roberto se escuchaba la frase que trataba de ordenar por palabras, como si fuera a declamar un enorme monólogo. Y se repetía en silencio ‘Sólo dilo, ‘¿te quieres casar conmigo?” pero sus labios seguían cerrados. Los de Cristina tampoco habían pronunciado ni una palabra pero dentro de su mente se escuchaba “Sólo dilo: ‘Ni siquiera me llamo Cristina, tengo una hija de cuatro años a la que abandoné y estoy casada. Y hoy es el cumpleaños de mi esposo. Por cierto, mi madre está viva y nunca hubo ningún padrastro que me quería violar”.
Matías no entendía la plática que Benjamín, el bar tender del lugar y Gladys habían entablado hacía más de cuarenta y cinco minutos. Discutían sobre una serie de televisión hasta donde había alcanzado a comprender
- Claro que no Benja. Locke sí estaba muerto pero en la isla renació. Es uno de los poderes de la isla y fue porque se va convertir en el líder y va a haber una guerra. Lo que no entiendo es si el científico ese dijo que el pasado no se puede cambiar, entonces cuando Linus mate a los del Proyecto Dharma, ¿se van a morir Jack, Kate y todos? Güey ya me hice bolas. ¿O tú que dices Matías?
Matías levantó los hombros en signo de total ignorancia. Últimamente sólo veía los Teletubbies o Avatar, que eran los programas favoritos de Esperanza. Tampoco sabía qué carajos era Grey’s Anatomy. Benjamín le había preguntado ‘¿No ves Lost? ¿Al menos ves Grey’s Anatomy?’ Caminó hacia el tablero de dardos y pensó pedir unos para jugar un rato y tener pretexto para no interactuar. La cerveza ya estaba tibia pero no tenía intención de pedir otra. Gladys se acercó, estaba sonrojada y se tambaleaba levemente. Los seis tequilas Sunrise que llevaba habían hecho su labor en sus neuronas. Sonreía.
- Esa canción me encanta. Baila conmigo.
Y al ritmo más inapropiado se balanceaban como en una balada, en realidad la canción era ‘Fuego’ de Kumbia Kings (misma que Matías odiaba). Pero a lo lejos parecían una pareja en pleno vals. Y así, el cabello negro, lacio y largo hasta la cintura de Gladys, sus pómulos prominentes, su piel morena y sus caderas anchas convencieron a Matías de que volver a caer entre las piernas de una mujer no era tan difícil. Sus pestañas pintadas de azul marino cosquillearon su torso y la tibieza de su boca en su ombligo, viajando hacia abajo encontraron el inicio de lo que Matías llamó, ‘el cabo suelto que lo regresó a los 18 años’. Entonces supo lo que es sentir el movimiento de una lengua y un cuello que sube y baja de manera simultánea sobre su pelvis. Eran dos ejecuciones distintas que se unían a la misma felación. La menta del condón comenzaba a picarle, era un frescor tan intenso que empezaba a arder. Pero lo disfrutaba, pensaba que toda esa saliva que salía de Gladys lo sumergía en una alberca de besos y manos. El calor helado del condón se había ido y era sustituido por otra cobertura más simple, y se encontró a punto de sostener la cadera desnuda de Gladys sobre su regazo. Ahí en ese asiento sucio del baño del bar. Nunca supo en qué momento ella se había quitado los jeans pero estaba ahí, desnuda de la cadera a las pantorrillas a punto de montarlo. Y entendió, estaba sucediendo. Estaba a punto de capturarse en el cuerpo de una mujer, después de todos esos años. Y entró. La culpa, después haría su trabajo.
Roberto no pensaba bajar de la azotea hasta que se le acabaran las ganas de ahogar en una tina llena de ácido a Cristina, o a ¿cómo debía llamarla ahora? ¿Kitty? Todo había comenzado ahí, con ese absurdo cuento de la gatita de dibujos animados. ‘Si alguien pasara aquí con una pistola, le rogaría que me disparara hasta que se me reviente la cabeza’, pensaba al tiempo que de su boca sólo salía un grito ronco. Pero voz y cerebro se sincronizaron al sonar de un ‘¡Puta madre!’. Había estado ahí más de cuarenta y cinco minutos. Una de las partes que más le dolía era la prisa que tenía por bajar de ahí a buscar a Cristina. La imaginaba esfumándose como decía haberlo hecho años atrás, y esta vez tomar otro camión y terminar con otro al que le contaría otra historia para que la rescatara. Pero ella seguía al pie de la escalera, esperando verlo bajar. Por momentos fantaseó con que podía tirarse y matarse entonces se acercó a la puerta de metal que Roberto había azotado con toda su fuerza para escuchar al menos sus pasos pero podía oír hasta su respiración. Pegó la oreja y se escurrió por la puerta hasta quedar sentada en el piso, decidió esperar. No podía creer que al fin lo hubiera dicho. Todos esos meses y en sólo minutos escupió verdad tras verdad.
- ¿Por qué te pusieron Roberto tus papás?
- Ni idea, nunca les he preguntado.
- A ti, ¿por qué te pusieron Cristina?
- Yo me puse Cristina.
- ¿Cómo?
- Mi mamá era fan de una chingada gatita de dibujos ¿sabes cuál?
- Sí, ya sé cuál Kitty. Hacían mil cosas para niñas de esa gatita ¿no? Creo que mi hermana tenía una lunchera, lápices y cuanta madre de ella.
- Yo la odiaba, siempre me molestaron por eso.
- ¿Por qué?
- Porque me llamaba Kitty.
Y de ese modo fue fácil comenzar. Roberto abrió la puerta.
- Vamos a la casa.
- Te dije que te iba a doler
- ¿Qué dices?
- Esa vez que me besaste, cuando apenas nos conocimos, que estábamos en la playa y te dije ‘No lo hagas porque te va a doler’. Y dijiste que no te importaba y seguiste besándome. Yo me refería a eso, a todo lo que te dije hace rato.
- A veces uno dice pendejadas sin medir las consecuencias. Vámonos, ya va a empezar a llover. Ya no te hagas la víctima y levántate del piso. No te queda, Kitty.
Dos meses después Roberto seguía guardando el anillo, en el mismo cajón, dentro del mismo calcetín. Esperando que en algún momento Cristina, a quien ahora llamaba Kitty sólo porque sabía que ella odiaba su nombre, le confesara que todo había sido una mentira para evitar que le pidiera matrimonio. Apenas se hablaban, cohabitaban la misma casa pero el ambiente podía cortarse con un cuchillo. En el restaurante tampoco se comunicaban, ya no había miradas ni besos detrás de la barra. Kitty estaba segura que todo había acabado y que tendría que alistarse para regresar a México a encontrar los desprecios y las reprimendas que merecía. Pero Roberto no pensaba dejarla ir. Así tuviera que encerrarla. Esa noche mientras cenaban en silencio los calamares que habían sobrado del día reabrieron la puerta de aquella charla.
- Nada más acaba este mes y me voy. En cuanto me pagues lo de esta quincena.
- ¿A dónde? ¿A buscar a tu esposo y a tu hija después de que seguro ya te dan por muerta? ¿Crees que todos son tan pendejos como yo para esperar a que tengas ganas de compartir tu vida con ellos?
- Sólo voy a ir a aclarar las cosas. A ver a mi hija. Yo te amo a ti…
- Cállate cabrona, no hables de amor. Y desde ahora te advierto que de aquí no te vas. ¿A qué vas a hacerle daño a una niña que ni quieres ni te interesa? Sólo porque la culpa no te deja dormir ni venirte tranquila.
Así empezó el juego en el que Roberto no dejaba salir a Kitty, ni moverse más de diez metros sin que él lo autorizara. Hubo ocasiones en que ordenó a los meseros no perderla de vista. Pero no duró más de diez días hasta que el mismo Roberto terminara llorando una noche abrazado a Kitty, a quien pensaba dormida. Esa misma noche se besaron e hicieron el amor de nuevo. Y Kitty prometió que nunca se iría. Pero unas horas más tarde lo convenció de acompañarla al D.F. a ver a su madre y a su hija. Una semana después estaban subiéndose a un avión.
Kitty recordaba claramente el teléfono de Gladys, el de su casa y el de casa de sus suegros. Más de veinte veces había marcado a casa de su mamá, sólo para cerciorarse de que seguía viva. El único teléfono donde contestaron fue en casa de Gladys. Después de tres minutos entre saludos y silencios incómodos, comenzó la contienda.
- No sabes la pesadilla que era. Por eso me fui.
- ¿Pesadilla? Yo te voy a hablar de pesadillas. Estoy trabajando con mujeres en el Reclusorio de Santa Martha Acatitla. Si escucharas sus historias, sabrías que lo tuyo fue un pinche algodón de azúcar.
- ¿Por qué me hablas así? ¿Le pasó algo a mi hija?
- ¿Tu hija?
- Hasta ahora a las únicas que les ha dicho ‘mamá’ es a Lila… y a mí.
- ¿A ti?
- ¿Quieres escuchar más pesadillas? En tres ssemanas me mudo a vivir con Matías. Sí, un día cogimos y descubrió que hay más que ver que tus pinches fotos. Y sabe que no puede encontrar mejor mamá para su hija. Se lo propuse y aceptó. ¿Dónde está la pesadilla?, ¿quieres saber? En que sé que no está enamorado de mí y que te sigue queriendo. O más bien al recuerdo que tiene de ti. Pero me vale madres. Me voy a ir a vivir con él. Se merece, nos merecemos sentirnos bien.
- ¿Te cogiste a mi esposo?
- ¿Y a cuántos te has cogido tú? Porque supongo que alguien te habrá ayudado a sobrevivir estos años.
- Pienso volver a ver a mi hija.
- La puedes ver cuando quieras pero ni se te ocurra querer llevártela. Ni decirle quién eres. Ella ya sabe que ‘su mami la dejó porque no la quería’.
Esto último era mentira. Gladys era incapaz de lastimar así a una niña. Colgó el teléfono. No la dejó terminar de hablar. Pensó en el destino y la mala suerte. Eran demasiadas señales. Su maestra de existencialismo le había dicho que empecinarse con un hombre que no la quería sería su boleto al acabose de su autoestima. Su papá tampoco había tomado muy bien su decisión. ‘Tienes 21 años niña, ¿cómo te vas a ir a vivir con un hombre ¡casado! Y con una hija?’. Sus razonamientos eran inútiles, salió perdiendo en el debate. ‘¿De qué van a vivir?’, pregunta. ‘Yo estoy dando terapia ya y Matías acaba de entrar como becario a una empresa’, respuesta. ‘¿De becario? ¿Y cómo te va a mantener?’, pregunta. ‘Sus papás le dieron un departamento, ya está amueblado de cuando vivía con… con… Kitty y cada mes le ayudan con sus gastos y los de Esperanza’, respuesta. ‘¿Y vas a ir a recoger las migajas que esa escuincla inconciente como tú, dejó?’, pregunta. No hubo respuesta. Pero su decisión seguía inapelable, se mudaba con Matías.
Kitty sentía un ardor especial. Como el que la misma Gladys le había provocado la noche que salieron de antro, cuando tenían dieciséis, esa vez que a pesar de que le había avisado que llevaría la blusa morada de lentejuelas que ambas tenían idénticas, y que claramente lucía mejor en las curvas de Gladys, ella se la puso y fue la sensación. Esa misma noche en que Matías y ella se habían conocido. Gracias a esa blusa morada. ‘Tu amiga y tú tienen los mismos gustos’. Fue la frase con la que él comenzó la plática’. Todos los que Galdys quiso se le acercaron y le ofrecieron tragos, todos menos Matías. Años después parecía que al fin Galdys había logrado su atención. Años después de la blusa morada. En unas horas tomaría un vuelo a la Ciudad de México y demostraría, otra vez, que a pesar de que Gladys lucía mejor ‘en la blusa morada’, ella podía captar a Matías cuando quisiera. Podía incluso convencerlo de no usar condón, como aquella noche fatal que amaría borrar de su historia con las teorías de relatividad de Einstein: cuando se embarazó pese a que Matías se negaba a hacer el amor ‘libremente’. Recordaba que en esa vieja Pick up del tío, intentando convencerlo, había descubierto uno de sus pezones y entre risas le había dicho ‘¿Los quieres? Pues sin condón, no hay tiempo de ir a comprar’. Minutos después Esperanza se empezaba a formar en su vientre. Nunca pensó en el aborto. Él sí, pero nunca se lo dijo.
Matías en pijama y aún amodorrado salió a fumar al balcón. El pediatra había recomendado que no fumara en el departamento, por la predisposición al asma que Esperanza tenía. Se sentó en el piso y dejó colgar sus piernas por lo barrotes del barandal, a cinco pisos de altura. Las copas de los árboles se movían, casi iba a amanecer pero el viento seguía soplando. Lo había despertado algo parecido a una visión. No creía en fantasmas pero claramente había sentido cómo alguien se sentaba en su cama y le acariciaba la frente. Abrió los ojos y a todas luces vio la cara de Kitty, sólo que su cabello era rubio y sus mejillas pecosas. Tal vez era un sueño, tal vez Kitty estaba muerta y lo que había visto era un fantasma. Era la tercera vez que le pasaba en todos esos años. Ésta, la primera en que la presumía muerta. Y lloró. Lloro como el viudo que ahora se sentía. Gladys se había quedado a dormir con él. Aún faltaban tres semanas y parecía que ya estaba instalada. Había bañado a Esperanza, le había dado de cenar, la había arropado en su cama y como una buena esposa, regresó a la cocina a hacer la cena para ambos. Se la sirvió en la recámara, después se quedó dormida y Matías se sintió demasiado comprometido como para despertarla y pedirle que se fuera.
- ¿Qué haces despierto? Son las… cuatro cuarenta y cinco de la mañana- Miró el reloj de la sala y segundos después los ojos llorosos de Matías.
- No puedo dormir.
- ¿Qué te pasa?
- Creo que Kitty está muerta y me visitó.
- ¡Esa cabrona no está muerta! ¿Cómo que te visitó?
Y él le contó. Ella intentó convencerlo de que había sido un sueño vívido. Le explicó el proceso neuronal y la sensación fisiológica pero Matías insistía en que había visto un fantasma. Les dieron las seis de la mañana en la discusión. Pero Gladys nunca se atrevió a decir que había hablado con ella la tarde anterior.
Kitty sabía que Roberto nunca antes había estado en la Ciudad de México. No conocía calles ni colonias. Ni siquiera tenía clara la magnitud del monstruo que era. Acababan de aterrizar y caminaban hacia las bandas donde recogerían su equipaje. Kitty traía consigo un backpack donde traía lo indispensable. Había fingido empacar en una maleta mediana todo lo que necesitaría. Ahí no había más que revistas y algunos trapos que nunca usaba para darle peso. Llegando hasta la banda que les correspondía miró a Roberto un pequeño instante y lo abrazó. Dijo ‘Gracias’ y lo besó.
- Mientras voy a contratar un taxi. Sólo así puedes salir de aquí. No le permiten a taxis que no sean del aeropuerto subir pasajeros. Espérame aquí.
Roberto vio pasar su equipaje y lo recogió. La maleta de Kitty tardó un poco más en dar el recorrido hasta que finalmente apareció. Con ambas maletas a sus pies vio que quince minutos se le pasaban de golpe. Kitty no regresaba. Preguntó por el sitio donde comprar los boletos de taxi y el guardia le indicó que estaba frente a uno.
- Pero debe haber otros. Mi novia fue a comprar el ticket pero no ha vuelto.
- En llegadas nacionales sólo hay este y el de la otra esquina.
No estaba en ninguno. Las filas avanzaban rápidamente, pensó que tal vez estaría en el baño. La buscó, caminó toda la terminal. No la encontró.
Kitty tomaba el metro con dirección a Reforma. Roberto acudió al área de seguridad para reportarla. La vocearon. Nunca apareció. Una hora después, como si la maleta le hablara, Roberto la abrió y encontró las revistas y los cachivaches que Kitty había puesto en ella. La dejó ahí tirada y caminó otro rato con la esperanza de verla por ahí perdida. Nunca había estado en un aeropuerto tan grande. Se sentó en una mesa del área de comida rápida. Con los ojos hinchados fue a comprar su boleto de regreso. En una hora podía abordar. Así como dejó la maleta, un pedazo falso lleno de porquería que a nadie servía, pensó que podía dejar a Kitty. Llegando a su casa buscó el anillo de compromiso, lo tiró en una de la coladera del muelle y llenó el basurero del restaurante con el resto de los objetos y ropa de ella.
- Hola ma.
Saludó Kitty como si sólo hubiera desaparecido media hora. Su madre se quedó parada viéndola, incrédula, aliviada y llena de coraje. A pesar de él se abrazaron.
- Déjame verte. Estás rubia ¿Te pintaste el cabello? Te ves preciosa ¿dónde estuviste?
- ¿Qué tiene de malo que esté rubia?
- No, por nada.
Su mamá la había soñado varias noches. Soñaba que se encontraban en un parque, otra ocasión que entraba a la cocina, Kitty cocinaba algo y la veía como si nunca se hubiera ido pero siempre se preguntaba porqué la soñaba rubia. Su cabello había sido siempre castaño. Pero dejó pasar ese detalle. Tenía demasiado qué hablar con su hija. Y se perdió en la conversación. Y entonces pudo llegar la hora de los reclamos y los gritos y el enojo que tenía todo derecho de expresar. Después llegó la hora del drama, de las lágrimas y los arrepentimientos. Le mostró fotos de Esperanza.
- ¿Qué vas a hacer? ¿Cómo le vas a explicar esto a tu hija? Ya tiene cuatro años y si vieras lo lista que es.
- ¿Qué le dijeron?
- Que habías tenido que irte un tiempo, pero no sé bien. Casi no la veo. Me duele mucho verla. Un día me preguntó que si yo era la mamá de su mamá, por qué no sabía dónde estaba ella y no supe qué decirle.
- ¿Siguen viviendo en los departamentos de la del Valle?
- Sí, ahí siguen.
Tomó un taxi hasta ahí. Lila abrió, redecoraba el departamento en el que Kitty solía vivir con Matías. Gladys había aplazado sus dos citas de terapia para recibir a los que iban a instalarle las persianas. Cuando ambas escucharon el timbre, pensaron que habían llegado. Esperanza jugaba en el tapete de la sala vacía, esperaban que los muebleros le entregaran la nueva sala –cortesía del padre de Matías- en unos días. Gladys sintió cómo la gastritis que supuestamente le habían curado, le quemaba de nuevo el esófago. Lila aún con la puerta entreabierta en las manos no supo qué decir.
- Hola Señora, ¿está Matías?
Kitty actuaba como si nunca se hubiera ido, tanto Gladys como Lila aún no reaccionaban. Esperanza ni siquiera volteaba a la puerta, seguía concentrada iluminando un libro de cuentos. Gladys reaccionó y jaló a Lila hacia al pasillo, ambas casi empujaron a Kitty para que Esperanza no pudiera escuchar.
- Lárgate cabrona, te advierto que no voy a dejar que vengas a joderle la vida a mi hijo otra vez.
- Quiero ver a mi hija.
- Eso lo decidirá Matías. Así que vuelve en unos días y si él te deja verla, la verás.
- Pues llámele a mi esposo porque quiero verlo.
- ¿Tu esposo? Te fuiste hace más de tres años, el divorcio es automático. En cuanto se compruebe que abandonaste el hogar. Así que ya no tienes esposo.
Gladys no hablaba. Sólo la miraba, estaba atónita al ver que su cabello era rubio, como el supuesto fantasma que Matías había visto, también su cara estaba llena de pecas o manchas de sol, como también Matías había descrito. No había forma de que se hubiera metido al departamento mientras dormían. Los habría despertado la puerta. ‘¿Por dónde se metió?’, pensaba. La idea loca que Kitty le había contado la última tarde que se vieron, comenzó a inquietarla. ‘Un día voy a aprender a viajar astralmente. ¿Sabías que todos podemos? Está relacionado con la teoría de la relatividad. No hay tiempo ni espacio, puedes viajar y ver a quien quieras mientras duerme. Según un libro que encontré en el mercado de pulgas, sólo tienes qué concentrarte y hablarle a esa persona. El cuerpo no viaja, sólo tu energía’. Cuando regresó de ese pensamiento, Lila ya daba empellones francos a Kitty, obligándola a subir al elevador.
- Déjala Lila. Matías ya no debe tardar en venir a comer. Que él la vea y que decida. Estoy hasta la madre de luchar contra esta perra. Si Matías la quiere de vuelta, que regrese. Ya me cansé.
Las tres esperaron junto a la puerta, desde donde hablaban con Esperanza tratando de explicarle cómo abrirla, cómo ir por su banquito azul a su cuarto y alcanzar la chapa para girarla. Ninguna de las dos, en el ataque de sorpresa había pensado en tomar las llaves y cerraron dejando a la niña adentro. Después de veinte minutos Matías salía del elevador. Vio tres figuras en su puerta, ahí estaban Gladys y su madre… y Kitty. Los cuatro se miraron en el silencio más incómodo posible.
- Necesitamos hablar – Se reventó el silencio con la voz de Kitty. Ufana y tratando de relajarse simplemente lo dijo.
Matías la vio, exactamente como esa misma madrugada en su ‘sueño’. Tenía ganas de matarla y tirar sus pedazos por todo el periférico pero también de abrazarla y contarle cómo la había extrañado y cómo había esperado verla otra vez.
- ¡Tenía 17 años! Estaba aterrada. He estado leyendo sobre eso y creo que tenía depresión post parto. Ahora estoy bien.
‘¿Qué contestas a eso?’ pensó Matías. Estaban ambos parados sobre la banqueta. Le había entregado las llaves a Lila quien junto con Gladys entró al departamento. Matías tomó a Kitty del brazo y la metió al elevador. ‘Hablemos en la calle, no quiero que mi hija vea cómo le rompo la madre a la de la foto que le dijimos que era su mamá’, le dijo. Pero no la tocó más. Kitty mascullaba palabras que Matías no había entendido, hasta esa última frase, cuando estaban ya en la calle.
No hubo negociación. Matías con toda simplicidad le prohibió acercarse a su hija y a él. Le sugirió que se buscara un abogado ‘Vas a salir perdiendo, te lo aseguro’, le advirtió. Y subió a su departamento donde Gladys ya los imaginaba besándose en el elevador y a Matías luciendo una perfecta erección, misma que ella pocas veces lograba provocarle. Pero cuando lo vio entrar furioso su alma regresó a su cuerpo. Quería encerrarlo, esconderlo, cambiarlo de país, hacer lo que fuera para que Kitty no pudiera verlo más.
Quince días después Roberto, todavía hecho una desgracia por los días de insomnio y las borracheras abrió su correspondencia. El recibo de teléfono mostraba un número de larga distancia, a la Ciudad de México. Ya había encontrado el modo de hallar a Kitty. Lo marcó y una mujer contestó.
- Buenas. Estoy buscando a Cristina, perdón a Kitty.
- ¿Quién habla?- contestó Gladys mientras terminaba empacar sus últimas maletas. Esa tarde se mudaba con Matías.
- Habla Roberto… un amigo suyo de Guaymas. No, ni madres, ¡habla su novio! Así que póngala al teléfono y dígale que necesito que me explique por qué me dejó asi.
Y Gladys encontró el pretexto que necesitaba. Kitty, mientras, esperaba afuera de la oficina de Matías. No se iría de ahí hasta verlo y acostarse con él.
16 Comentarios a “Cuentos de Ultracama Presenta ‘Relatividad’ Parte 1, 2 y 3”
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Gracias Elsy!! lo esperaba con ansias!!
Muy interesante el cambio, jeje, que toxicos personajes.
wua!!!
que buen cuento elsy, realmente me gustan mucho tus articulos, me gustaria (claro si se puede) q hablaras de sexo anal se que no tiene nada que ver con la historia que acabas de poner pero tengo muchas dudas acerca de ese tema…
me despido con un cordial saludo y que te encuentres bien…
saludos a gerardo chao
Uh que la… Quedó mucho mejor esta vez
excepto lo de “pregunta” no sería “preguntó”? Espero con nervios el final ja!
ahhh!!!!
y elñ final!!!!
por k nos dejas asi!!!!!
MUY BUENO
toy enamorado de kitty…. T_T…
Ahh
No, no, no. Que mala eres Elsy.
No nos dejes así.
Pa’ cuando la siguiente parte??.
Orale!!! Se pone muy interesante la historia,
Haber q pasa!
Saludos
orale!!
con madre el cambio elsy!!
de poca madre!!
quedo muuucho mejor el show.. felicidades!
valio la pena le tiempo tomado..
Esperemos que no sea tanto para el final..
aaaaaaaa q bueno esta !!!!!
Mis respetos mujer, esto s coco y no jaladas.
Felicidades y espero…desespero x la continuacion
no ma… jaja io stoy a punto d cumplir 21 y vivir eso nooo q horror … q piensa la gent q lo hac sin proteccion jaja muy buen cuentoo
Y la cuarta parte la espereeeee!!!!! y noo llegoooo
:(:(:(
Y el final?? donde quedo??? ya han pasado muchos viernes y nada!!!
¡¡¡Kitty me recuerda a mí!!! Y eso no es ninguna monada.
Por cierto, el “váyase a la verga” me hizo carcajear
son casi las tres de la mañana y deberia estar dormida desde hace horas, pero no lo e ehecho por leer este naravilloso cuento, genial elsy!!!
de verdad que me encanto
gracias por permitirnos compartir tus grandes habilidades redactoras