Debería llamarse amiagobios. Pasar de la categoría de pareja ‘formal’ o digamos, más o menos estable a ser simplemente la persona que otro frecuenta cada vez que necesitan recrear su antiguo amor, suele traer bastantes guacatazos. Es más simple de lo que parece y bastante común. Ya saben, de pronto la relación ya no funciona. Ambos (o una de las partes) sabiamente nota que ya no hay más hacia dónde tirar, y se acabó. Surge esa especie de síndrome de abstinencia -de hecho estudiado a nivel de falta de producción de ciertas sustancias como la endorfina, la serotonina, etc.- y después de un lapso en que el dolor se hace cada vez más inminente o en muchos otros casos la cosa como que amaina, de pronto un día se ven o se buscan y comienza el juego. Ya no hay título -aunque quizás una de las partes crea que este se recuperó- sin embargo hay besos, cariñitos y hasta sexo. Pero, como es obvio, los factores de fondo que llevaron a la relación al caño, ahí siguen. Nada se arregla sólo porque ya hay acostones deliciosos. Y viene un nuevo proceso. Respetable para aquel que lo toma con la debida conciencia. Ahora ya no son novios o esposos, son amigovios, o ex esposos que se dan pa sus tunas. Paréntesis incluído, les cuento la historia de una amiga de una amiga. Ella nunca se embarazó durante su matrimonio, dos años después del divorcio, y él con una nueva relación, se da cuenta de que está embarazada. Porque claro, de esposa pasó a ser amigovia. Y santo desmadre que se armó. Como siempre el pobre chamaco producto de las calenturas ‘remember’ de sus padres fue el menos culpable.

En fin, la cosa es que en gran medida una de las partes alberga esa esperanza, de que el beso o el sexo los lleve de nuevo al título (con todo lo que eso implica). Personalmente hace algunos años me encontré en un antro con un ex con el que recientemente había cortado. Cubas después nos dimos tremedo besuqueo. Una vez acabado el idilio lingual, yo pregunté ‘¿Mañana a qué hora nos vemos?’. Y su respuesta fue, ‘No te confundas, esto no cambió nada. No hemos regresado y no sé si quiera’. ¡Zaz! Me ardió hasta el cordón umbilical, y eso que me lo habían extirpado veintitantos años antes. Pero es cierto. Ceder a esos arrumacos más allá del cóccix sin la conciencia de que ya no hay el ‘compromiso’ al que tanto nos aferramos, casi siempe es una garantía de que saldrás lastimado. Aunque tu conciencia, ese pepe grillo que tanto chinga, te diga ‘Esto no te va a gustar, te a a doler, babas’; ahí vas. Casi siempre surge un coraje post amatorio porque te sienets usado, piensas ‘Claro pero para agarrarme las carnes sí estuvo bueno@’. Cada quién elige. Y se trata de una necesidad personal, creer que bajas de ‘estatus’ porque ya no eres el novio puede ser una estupidez. Para otros tiene un gran valor.

¿Creen que convertirse en amigovio te hace bajar de ‘nivel’? ¿Qué es lo que se pierde o -como la teoría del costo de oportunidad- se deja de ganar?

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