Hace unas décadas el trío ‘Los Panchos’ entonaba esta vieja canción (luego creo que Luis Miguel la incluyó en sus ‘Romances’) pero bueno, ciertísima frase, ¿no? Aplicable en múltiples ocasiones. Lo puntual es que son pocas las parejas que sobreviven a una relación a distancia por mucho tiempo. Muchas de esas se logran porque están basadas en el espejismo de la falta de convivencia y una vez que se ‘arrejuntan’ se dan cuenta que ni siquiera se conocían.

No obstante, cualquiera que haya experimentado alguna relación de este tipo, sabe que eso del ‘olvido’ es la mínima consecuencia que trae consigo el amor kilométricamente castigado. Finalmente, una relación se construye de momentos diarios, de instantes consecutivos, de los roces, las trifulcas que surgen cuando realmente se conoce al otro. Ese impacto con los hábitos del otro, la integración con su mundo de manera cotidiana.

En cuanto al sexo, es obvio que una separación forzosa supone una verdadera prueba de fuego para más de un espíritu intrépido y de naturaleza inquieta. Cuando la situación económica y laboral permite breves encuentros de fin de semana, suele hacer aparición el temible estrés. De repente, tienes 48 horas para quedar con los amigos, ir a comer a casa de los suegros, cenar en el restaurante favorito, cumplir con los pendientes que dejaste antes de partir y… y… hacer el amor. Cuando el que ‘se quedó’ es quien va de visita, los encuentros pueden ser pasionalísimos, pero también desgastantes. Porque la mayoría que hemos vivido eso, una vez que ha terminado ‘el agarrón’, regresa esa sensación de ‘ya se va’ o ‘ya me voy’ y tendré que conformarme con recordar esta escena y alimentarme de ella hasta nuevo aviso.
Los celos definitivamente aparecerán. De pronto descubres que su mundo no parece tan ruin y gris como te relata en las llamadas telefónicas con lágrima y moco. Realmente ves que lo pasa bien y vive bien, salvo que tú –el ingrediente principal- no estás ahí.

Muchas veces estás toda la semana contando las horas que faltan para encontrarte con tu pareja, con la libido contenida como un caballo de carreras en el cajón de salida y, cuando llega por fin el momento, las cosas no funcionan como esperabas o no son tan espectaculares y excitantes como las imágenes creadas y recreadas por la mente los días previos al encuentro. Las nuevas tecnologías permiten cierto alivio sentimental y sexual. El sexo telefónico merece un apartado especial así que más adelante postearemos de eso. Sin embargo, aunque hay personas que se transforman en verdaderos artistas del porno cuando están ante la webcam, a muchos nos puede resultar imposible abstraernos de la sensación de ridículo que comportan ciertos espectáculos en solitario delante de la compu. Ya te ves como la de  ‘El expreso de medianoche’ plasmando el pezón contra la vidriera mientras él se masturba con terrible dolor.

Luego, nadie negará (no se puede) que  ‘Doña Soledad’ comienza a cobrar facturas y de pronto te comienzan a ‘hacer ojitos’ otras personas y piensas ‘¿Lo esperaré/me esperará?’. No sé ustedes pero yo nunca salí triunfal de ninguna de las dos relaciones que intenté tener a distancia. O nos comían los celos o empezábamos a ver ‘moros con tranchete’ o de plano analizábamos los planes de vida y entendíamos –con harta congoja- que no había nada qué hacer juntos. Cuando es por estudios de no más de tres años o con residencias temporales, tal vez haya forma de ‘aguantar’ pero cuando no se sabe cuándo habrá oportunidad de compartir el mismo territorio la desesperanza suele comerse lo que quedaba del ‘merengue’.
¿Les ha pasado?

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