La discutidísima infidelidad, o incluso las relaciones abiertas donde el concepto como tal no existe pero implican relacionarse con un tercero suelen traer verdaderas complicaciones. Sobre todo en el caso de la primera, la infidelidad: ese acto de deslealtad que por innumerables y universales razones (y pretextos) nos terminan llevando al contacto romántico, erótico o sexual con el bien llamado cuerno. Porque no sólo te tienes que convertir en un verdadero administrador de tiempos y mentiras sino porque terminar, romper con tu famoso cuerno te implicará un duelo (si es que hubo involucramiento emocional, lo cual es bastante común), mismo que deberás esconder a pesar de que sientas que ‘ya viene por ti el señor del costal’. Así como duele todo rompimiento y produce de manera literal síndrome de abstinencia por todas esas sustancias que ya no segregarás, la melancolía, el desbalance de tu rutina y demás factores cuando terminas una relación conocida por todos tus círculos, igual se puede poner el nivel de lagrimeo y mal humor cuando terminas con tu sancho. Pero ¿cómo evitas que no lo note tu pareja? ¡Madres!

En esta ocasión no pondremos juicios de valor hacia la infidelidad (ya hemos hablado mucho de eso), simplemente desde el punto de vista, digamos,  ‘humanista’ estamos analizando el proceso de dolorón que dicho rompimiento conlleva. Justo en esta etapa muchas infidelidades son descubiertas porque ‘el infiel’ anda arrastrando la cobija y termina incluso aceptando la causa en plena sensación de ‘ya nada vale la pena’. Estar del lado del ‘engañado’ debe ser más que complejo, doloroso, hiriente y rompe ego. Porque no sólo te puso el cuerno sino que no puede siquiera continuar con su vida porque extraña como puerc@ a la otra o el otro.

Los amantes o individuos con los que cuerneas suelen convertirse en un espejismo y se idealizan de manera cabal. Es obvio, no sólo saben a peligro sino que los episodios de convivencia son poco rutinarios, cuando se ven sólo es para el arrumaco, y se dedican las mismas atenciones que aplicamos cuando inicia una relación. Todo es fresco, nuevo, pasional. Y terminamos intenseando más de lo que deberíamos. Pero como todo, llega su momento de evolución. Y casi siempre quienes terminan decidiéndose por hacer del cuerno su relación ‘a todas luces’ terminarán por darse cuenta que el sabor ‘cuernil’ desaparece. O bien, alguno de los dos decide terminar y comienza el duelo. Mismo que no puedes confiarle a muchos, casi a nadie. Duele igual pero el proceso suele ser más lento justo porque el no expresarlo puede atorar el hecho de dejarlo ir. No hace mucho estaba en un antro con un grupo de amigos. Uno de ellos llevaba unas semanas de haber terminado con su cuerno. Y pusieron una rola que lo mandó derechito a la melancolía.  Ayudado por unos buenos sorbos de alcohol terminó lagrimeando cual cocodrilo en pleno antro sin que nadie pudiera saber la causa. La misma novia con cara de WTF se acercó a abrazarlo, indagando qué le dolía en su pobre corazoncito. Y ¡que se arma la de San Quintín! Él, instalado en el clímax de dolor soltó que estaba enamorado de otra, que lo había dejado y que no podía sobreponerse.  Claro, después de inventar no sé cuanta cosa que le pasaba a su familia y broncas que tenía, pero, en un minuto de sinceridad, honestidad o sepa Dios qué desesperaciones, lo confesó. Se imaginarán los escenones.

¿Lo han vivido?

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