De verdad que nos encanta hacernos güeyes, es como un sello de naturaleza humana (de los peores que lucimos). Cuando estamos dentro de una relación que no está resultando sana, bien que lo sabemos. Máxime cuando nuestras amistades o familia nos lo quieren hacer ver. Aún así seguimos metidos en nuestra coraza de cerrazón porque en el fondo sentimos demasiado miedo de darnos cuenta que estamos dentro de una relación de fracaso, que debemos enfrentarnos a la verdad y que eso significaría terminar. Esto, implica dejar ir, cortar ese cordón de codependencia, atrevernos a ver quiénes somos y a buscar realmente a la persona que merecemos. Duele, nadie lo niega, pero es la oportunidad más grande que tienes ante ti para conocerte y avanzar, evolucionar, carambas.

Hay muchas características de una relación de codependencia pero hoy quiero enfocarme al asqueroso ‘chantaje’. Un mail de uno de ustedes me ha hecho ver que somos poco sabios para detectar dicha porquería. Y se vuelve un juego de poder en detrimento de la paz mental, emocional y hasta física. Este lector fue cuerneado por su novia. Él decidió perdonarla tras semanas de llorar, moquear y maldecir a la incauta. En ese andar lo acompañaron sus amigos, ellos estuvieron ahí para prestarle el hombro y pasarle la chela. A partir de que decidió volver a dicha relación -que además cuenta que en general estuvo cargada de pleitos, celos, brakes, mentiras (ya que él no podía ni siquiera salir tarde de la universidad porque la chamaca se la armaba de jamón)- obviamente, sus amigos le dijeron que era un total imbécil. Aún así, como buenos amigos, la ‘aceptaron’ de regreso al grupo. Pero como es común, natural y hasta sano, no le dieron exactamente la bienvenida que se le da a Obama en una ceremonia oficial. Pues la noviecita, a pesar de que ella había sido quien lastimó al chavo, quien falló en la relación, en vez de responsabilizarse y comprometerse a subsanar lo que ella con sus manecitas rompió y ver el modo de integrarse de nuevo al grupo de amigos o -ni modo- aguantar vara hasta que la confianza se fuera restituyendo, le dijo a nuestro querido sexonauta que “Mientras sus amigos la trataran ‘así’ (ni siquiera hubo groserías), no volvería a acudir con él a sus compromisos”. Hagan favor, chantaje, vil chantaje. Él -como buen codependiente que tiene que encontrar al culpable en todos lados menos en su amada- se lanzó con los cuates y les dijo que eran unos ojetes por no recibir con laureles y flores a su chava, ellos le dijeron que estaba loco ya que en ningún momento le habían hecho ni siquiera malas caras, simplemente habían sido indiferentes. Terminaron peleados y los amigos le dijeron que se podía ir derechito a casa de la malinche con todo y vieja.

Me queda claro que en pareja debemos apoyarnos, pedir a los demás el respeto que merecemos, que más que amantes y amigos debemos ser cómplices pero ¿no podemos darnos cuenta cuando este tipo de acciones no son más que un ingrediente de la manera en que nos estamos dejando mangonear por el otro? Hay que quererse señores, por favor. Ahora resulta que ella es la ofendida. Y claro, como la niña no tiene los ovarios para resarcir el daño que hizo en la percepción de los que quieren a nuestro sexonauta, su defensa es ponerse en plan de digna ¡y presionar aún más a quien engañó y lastimó! ¿Ya se le olvidó lo que hizo? Parece que a nuestro sexonauta ya.

¿Qué harían ustedes? Sucumbir al chantaje nos convierte en marionetas, hay algunos que hasta aman sus hilos. Se los cortan y no saben qué hacer con ellos. Cuidado.

Share Button