Tenemos la pésima costumbre de pelear sucio en pareja. Hay un par de puntos constantes: ninguno de los dos acepta su resonsabilidad y al mismo tiempo el ‘juego’ se trata de echar la culpa al otro o aplcar el ‘sí lo hice, pero tú también’.

Pocas cosas son más molestas y encabronantes. Las discusiones son parte de una relación (siempre y cuando sean sanas, no acaben en golpes y sangre; y no se repitan cada tres minutos haciendo del amorío un campo de batalla). No obstante, no sabemos pelear limpio.

Primeramente, porque fuimos pésimamente educados y en vez de buscar crear conciencia en cada uno de nosotros por acatar con huevos (perdón, no hay otra palabra) todos los hechos que realizamos y sus consecuencias; la mayoría mamó de sus padres una costumbre de salir por la tangente y rebuscar las formas y los fondos para lavarnos las manos. Cuando nadie más que nosotros fue quien zurró o colaboró a que algo se zurrara. Así de simple.

Entonces, nos llevamos eso a las relaciones y esa costumbre mezclada con el ego -con el ‘ni madres, yo no voy a ser otra vez ‘el malo’- provocan que nunca tengamos la capacidad abierta e inicial de decir ‘sí, es MI responsabilidad’. Casi siempre la acatamos cuando nos encontramos esquinados. Y hay quienes aún así no la aceptan. O bien, surgen otras tácticas el ‘Ok, sí la cagué pero tú también’ y soltamos una letanía interminable de hechos y defectos del otro. Porque seguimos siendo incapaces de cargar con una responsabilidad sin compartirla. Como si eso nos restara algo.

Por eso las discusiones en pareja pocas veces se vuelven constructivas o alimentan de alguna forma. La ira nos inunda porque además de darnos cuenta que el otro no acepta su ‘cargo’, nos enojamos con nosotros porque no encontramos el modo de zafarnos igualmente; sumado a que se nos hace un recuento de nuestras ‘malas acciones’ y tratamos de que nuestro cerebro trabaje a mil para encontar cómo revirar eso y sacar a la luz lo que también consideramos como ‘malas acciones’ del otro. Al final, todo es una guerra total. No hay nada qué rescatar. No hay forma porque ambos están demasiado heridos y enojados consigo mismos y con su pareja. Hay una solución única: ocúpate de TUS responsabilidades, no de las del otro o nunca llegarán a un acuerdo. La honestidad comienza con uno mismo.

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