Una las historias que más disfruté en la niñez fue ‘La historia sin fin’ de Ende. Me encantaba pensar en ese mundo creado por las esperanzas y los sueños humanos dolorosamente tragado por ‘la nada’. Sigo creyendo que existe en una dimensión alterna, con una esfera privada donde viven las fantasías sexuales de todos. Debe ser un lugar bastante concurrido y ruidoso; al menos constituido por una sociedad erotofílica más honesta que la nuestra.
Pensar en ‘cochinadas ricas’ o que asistan a nosotros mientras dormimos es parte de nuestro desarrollo psicosexual (dejen de latiguearse santurrones). Cuando despertamos recordando esos actos carnales, acudimos a una licencia onírica y culpamos al inconciente o hasta al estrés. Sabemos que podemos inundarnos de ellas sin restricción y justamente su calidad ficticia las hace deliciosas. Todo comienza el día en que queremos sacarlas del espejismo (música de John Carpenter).
Un estudio realizado por la Asociación Española para la Salud Sexual ratifica a las fantasías eróticas como experiencias ineludibles para vivir el deseo sexual solitario o diádico. Incluso, algunos sexólogos recetan a sus pacientes ejercicios de evocación de imágenes sexuales para el tratamiento de disfunciones como la anorgasmia psicológica. Pero, ¿hasta dónde llevarlas? Muchos son los que se han perdido por la obsesión de traer a la realidad una figuración retacada de una pasión violenta, de la presencia del dolor o la sangre, de un indebido tercero en cuestión, de un ilícito, de una traición. En esa búsqueda se han perdido de vista a sí mismos. Muchas parafilias se manifiestan en forma de fantasías.
Cuando llegan a la mente o las perseguimos, no sabemos qué tan extrañas o incluso dañinas pueden ser. Sabemos de estándares, pero los de la pareja pueden darnos una sorpresa. Compartir el deseo de ejecutar una escena sexual ilusoria con quien amamos (o bien, nos acompaña en los sudorosos caminos del placer) puede crear una explosión emocional marca ‘Llorarás’. Matrimonios de años se disolvieron por una revelación desafortunada; muchos descubrieron que dentro de aquel ‘osito de felpa’ había una tigresa hambrienta de golpes o a un hombre que quería verse colmado por unos genitales masculinos. El desahogo de esas visiones tan personales nos atemoriza porque nos desnuda y desvela nuestro otro yo; el ‘cochinito’ que todos llevamos dentro. Para la otra parte, la información puede herirle el ego y la confianza. Sólo habría que escudriñar en todos esos casos de personas perturbadas al conocer a los protagonistas de los sueños sicalípticos de su pareja o lo que se atreverían a hacer si les dejaran la puerta entreabierta. Los celos alimentan mentes lastimadas.

Ahora, ¿cómo categorizar las fantasías? ¿Dónde pueden cobrar vida y convertirse en verdugos? Una fantasía te somete cuando la buscas compulsiva e imperiosamente, te causa angustia, te resulta inexplicable como parte de tu conducta, te perturba, deseas esconderla y te fuerza a adaptar tus costumbres y relaciones. Pero sobre todo cuando allana los derechos de otros (personas y animales), los ofende e implica de manera perniciosa. Entonces, es momento de irte a checar los ‘cables del coco’ y las emociones con el Sr. Psicólogo. No obstante, es un mundo complejo y algo subjetivo. Depende de lo laxos o rígidos que sean tus estatutos morales.
Dentro de las fantasías comunes -como todo lo que digeriste de las porno y produjiste en tu ‘set cerebral’: los lugares paradisíacos, las voluptuosidades, los desconocidos, las posiciones inauditas, las palabras ‘sucias’, los orgasmos interminables, los personajes prohibidos, etc.- no hay más que naturalidad. Así es, aunque suela invadirnos la culpa. Hemos heredado una fobia generacional por la apertura sexual. Entonces, tú sabrás si guardas en el ‘cajón del erotismo privado’ ciertas experiencias mentales o las  conviertes en la próxima aventura compartida. Sólo cuida de no crear un monstruo, omite o dosifica ciertas ‘cosillas’ a tu pareja. No es lo mismo compartir ‘Me muero por hacerlo en un avión’ (entre líneas ‘quizás con alguien más’) a franquear ‘Fantaseo con tu compadre o con la niñera de los viernes’. No sea que en vez de disparar su libido, le machaques el corazón. Cuidado. La verdad no siempre nos hará libres.

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