El consejo de pareja por excelencia en la mayoría de las terapias, revistas, libros de autoayuda, hasta de los amigos es: HABLEN, ‘habla con él/ella’. Expresarse y comunicarse, hacerle saber al otro lo que se desea en toda dinámica, hasta en la cama o en cómo se espera ser tratado frente a cierto grupo social, etc. parece la clave para dar solución a todo conflicto. Sin embargo, muchas ocasiones parece no resultar. Muchos dicen ‘Ya hemos hablado mil veces sobre esto y no cambia’. O bien, ‘En el momento me escucha, cambia unos días y después volvemos al mismo patrón (léase chingadera)’.

Bueno, aquí hay varios puntos verdaderamente relevantes. Para empezar no se trata de ‘hablar’ y se acabó. Hablar, hablar, ese ‘Tenemos que hablar’, también puede convertirse en un patrón destructivo de la relación que ningún beneficio le traerá. El punto es que siempre hablamos del mismo modo, y no me refiero a palabras o variaciones en tonos sino en todo lo que subyace en el trasfondo. Es decir, una persona podrá estar seriamente decidida a expresarse y –obvio- mejorar puntos pero si está enciclada, enroscada en sus propios conflictos, si vive en constante autodestrucción, o celotipia o cualquier otro asunto de la azotea ¿cómo creen que se comunicará? Y, si a eso le suman que su contraparte también está cerrazónico por ejemplo, vive a la defensiva o se toma extremadamente personales las afirmaciones, el resultado será que HABLAR vendrá a darle en la madre en vez de mejorar la relación.

Todos nuestros conflictos perviven porque por lo regular culpamos a los demás de nuestros sentires y dolores, porque incluso, cuando nos hacen enojar, decimos ‘Me hizo enojar, me sacó de mis casillas’. ‘Soy así porque mi guey/chava me convirtió en una histérica o un malandro’. Y pocas veces nos damos el tiempo y la oportunidad de analizar qué demonios pasa con nosotros y por ende nos lo llevamos al noviazgo, matrimonio, arrejunte o amasiato. Es así que HASTA que no nos arranquemos de raíz, trabajemos de manera individual y conciente o con ayuda profesional nuestro cochambre mental y emocional, la comunicación no cambiará, será poco eficiente y beneficiosa. No es necesario lanzarse un año con el psicoanalista, todo comienza por aceptación y una constate auto disciplina para re educarnos a no caer en ciertas conductas. No siempre es posible hacerlo a solas.

Por otro lado existe una cuestión de género muy poderosa. La frase cliché ‘Tenemos que hablar’ es generalmente femenina. Y bueno, está hasta comprobado científicamente que un hombre requiere de palabras que gocen de literalidad, puntualidad y claridad. Si por ejemplo te molesta que tu hombre cada que sale con sus amigos desaparezca por horas y no te envíe siquiera un mensaje para decir ‘Estoy vivo, borracho, pero vivo. Te amo’. Díselo así. Si comienzas con ‘Ya sé, ya sé. Ya no me amas, seguramente estás así porque el otro día yo no te llamé y te estás vengando. Además ya me di cuenta que nuestra relación ya no es la misma. Me puse a pensar y tiene como tres meses que no me regalas ni una flor. Ya no eres detallista, ya me di cuenta que me estás lastimando y no sé si sobreviviré a otra ruptura. Por eso, dímelo Francisco Gabriel, ¡dilo! Que ya no me amas, que ya tienes otra, que seguro tus amigos fomentan que no me llames porque me consideran una loca, una ojete. ¡Dilo!….” Y de ahí, bueno, ¿creen que él tendrá la capacidad para traducir el mensaje? ¿Siquiera cambiar su conducta? Claro, en unas semanas lo evitará, para ahorrarse el tango y el drama pero con el tiempo se volverá resistente al estímulo y dirá ‘De todas formas ya sé que va a haber un drama, total’. Y nada cambiará.

Más tarde seguimos con el asunto de la comunicación, porque hablar, hablar y ya. No siempre resuelve algo.

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