Aprendimos, buenos nuestros tatarabuelos aprendieron las verdaderas mieles y faenas del matrimonio cuando el amor fue la causa de este. Cuando a finales del siglo XVIII las alianzas familiares dejaron de ser el primer motor para una unión y le dieron paso al amor, el romanticismo y el cortejo. Entonces surgió el verdadero concepto de intimidad. Ese complejo concepto. La extinción de muchas relaciones surge precisamente en la dificultad para manejar y mantener la intimidad.  Esta tiene muchas caras, requerimos estar cerca, al tiempo de mantener un espacio personal, del mismo modo llegar a una intimidad requiere confianza plena, no sólo aproximación física. Igualmente, intimar significa participar y hacer partícipe. Respetar los espacios íntimos, pero dejar la puerta entreabierta. ¿Hasta dónde debemos surgir como una simbiosis? Cosa del día a día, cosa de medición ‘del agua a los camotes’.
El noviazgo, el matrimonio, bueno hasta los amigovios se ven frente a este factor: intimar. Respetar la intimidad pero también crearla.
La incapacidad para crear intimidad nos llevará la relación a brazos del payaso. El ir más allá y terminar por entrometernos y hasta intimidar, también. El balance es lo complejo. ¿Cómo manejar después de muchos años esa cercanía –que debiera haber madurado- pero no dejado de existir. Es decir, no permitiendo que las dos partes se sientan tan parte una de la otra que ni siquiera se toquen. Porque la intimidad también puede alejarnos, la extrema familiaridad. Intimidad: Según el análisis transaccional, es un estado de proximidad emocional a otra persona, caracterizado por la ausencia de manipulación y la presencia de una comunicación auténtica. La definición suena maravillosa pero ¿y la práctica? Opinen

O léanse

The transformation of intimacy: sexuality, love and eroticism in modern societies de Anthony Giddens, este

Share Button