El término ‘frigidez’ ya no existe. Se considera obsoleto, inexacto e insultante. Ahora se reconoce que se trata de una disfunción. Puede tratarse de un trastorno del deseo o de un trastorno de la excitación; cada caso es distinto. El hecho de que una mujer no sienta deseo o encuentre complejo el excitarse no significa que sea frígida. Simplemente hay factores emocionales, psicológicos o somáticos que se lo impiden; desde leves hasta que requieren tratamiento psiquiátrico.

Pero ¿debemos sentirnos ‘enfermas’, ‘disfuncionales’ por no querer que nuestro hombre nos arranque las ropas? ¿Qué es exactamente una disfunción sexual?
Definámosla como la incapacidad para vivir una respuesta sexual normal. No es una enfermedad por lo que no ‘se cura’ sino se corrige. Alma Aldana, psicoterapeuta sexual, en su libro ‘Sexo sin dolor’ (Edit. Grijalbo) afirma “…todo inicia con el interés psicológico por tener relaciones (fase estímulo sexual efectivo), sigue con la excitación física que se experimenta con las caricias y el coito, llega a un punto preorgásmico llamado meseta, culmina con el orgasmo y concluye con la etapa de resolución”.
Pero cuando hablamos de ‘deseo en fuga’, ni siquiera somos capaces de llegar al punto uno de esta respuesta: al interés psicológico por el sexo. En otros casos, hay disponibilidad por tumbarse en la cama a erotizarse pero el cuerpo no reacciona o quizás ante los estímulos surge un deseo por escapar, por detener todo. En ese instante ir a lavar los platos de la cena resulta más incitante.

Dónde comienza a ser un trastorno, he ahí el debate. La sexología no es una ciencia estricta, de números puntuales, pero es claro que hay un trastorno cuando se vuelve un hecho consuetudinario y comienza a afectar el resto de las áreas de vida. Y no te asustes por la palabra, es sólo un término.
Tenemos que hacer un mapa de nosotras mismas y encontrar de inicio dónde está la falla. ¿En el deseo o en la excitación? Vayamos por partes.

Un trastorno del deseo engloba el deseo sexual inhibido o hipoactivo, es decir cuando el impulso sexual es casi nulo o poco frecuente: hay pocas fantasías, falta de interés hacia los genitales como masturbarse o el que alguien más los toque. Son aquellas personas que pueden pasar meses sin sexo o pensamientos sexuales. La aversión al sexo es otro apartado del trastorno, magnificado. Hay asco, repulsión, fobia o ansiedad hacia todo lo sexual; incluso hacia los propios fluidos. Casi siempre se da tras un hecho traumático como una violación, el haber sido engañada por el esposo, el haber sido cruelmente educada y suprimida en cuanto a sexualidad desde la infancia. Y cuando hablamos de trastorno de la excitación nos enfocamos a la falta de respuesta física. Incluso puede haber lubricación o pezones erectos pero la mujer sencillamente no se siente excitada a nivel psicológico.
Ambos trastornos pudieron existir desde siempre o surgir en una etapa determinada, cuando algo lo dispara.

Tampoco podemos eliminar las posibilidades médicas en nuestro mapa. Sobre todo, si tu situación de deseo en fuga sucedió tras un parto, una intervención quirúrgica o un accidente. Incluso si lo has presentado por más de un año es necesario eliminar posibilidades orgánicas. Pudieras presentar un cuadro endocrinológico, hormonal o neurológico.
Algunas mujeres tras tener un bebé creen que su falta de libido se debe a sus nuevas tareas como madre pero cada vez hay más reportes de malas intervenciones quirúrgicas o desórdenes hormonales que lo están provocando y no son atendidas porque se atañen puramente a lo emocional, a la depresión post parto y hasta al temor de volver a embarazarse.  Es cierto que los antes mencionados pueden ser un factor pero tu doctor debe estarte monitoreando y ayudarte a analizar si hay necesidad de realizar otros estudios de apoyo. La lactancia es un punto a considerar también. Durante este periodo segregas una serie de hormonas que te vinculan a tu bebé y mantienen tu atención en él. Es común que el deseo por lo sexual aminore pero una vez terminando de lactar, lo normal es que todo retome su cauce. Consulta a tu médico.

Quizás dirás, ‘Pero yo no estoy tan grave. A mí sólo se me van las ganas a veces’. El punto es que tiene que haber una causa. Parte de hechos y toma decisiones.

El deseo no vuelve solo. No esperes tampoco a que venga ‘el hada de la calentura’ y te toque con su varita mágica para transformarte en una tigresa. Procúrate situaciones que te ayuden a evocar sensualidad, sexo, contacto. Cómprate algo sexy, llénate de fragancias, ve películas eróticas o lee novelas de amor, toma lecciones de belly dance o de table dance, habla de sexo, ayúdate a liberar estrés con meditación, yoga, o en el gimnasio; hacer ejercicio nos ayuda a liberar endorfinas.
Date momentos para estar con tu hombre y replantea su dinámica: incluyan masajes, encuentren nuevos puntos erógenos, disfrútense pero por encima de todo comunícate.
Exprésale qué te agrada o desagrada de sus encuentros, date la oportunidad de desalojar toda esa basura mental en cuanto a sentir placer. A veces el deseo se pierde porque en el fondo tenemos miedo de descubrir lo candentes que somos, lo necesitadas que estamos de liberar nuestro ser sexual. O de lo poco satisfechas que estamos. Haz de él tu mejor cómplice. Reconoce que tu deseo en fuga es una oportunidad enorme para de una vez por todas ser feliz en la cama, todo lo feliz que te puedes imaginar.  ¡Y que vivan los orgasmos!

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