Hace unos días, acá, platicábamos del asunto de la monogamia, de ese régimen socialmente impuesto, bajo el abrigo de una creencia equivocada que por siglos estableció que somos una especie diseñada biológicamente para ser monógama. Ante miles de estudios y análisis, y la fuente más a la mano que es nuestra realidad, hemos concluido que simplemente no es natural en términos de biología y biopsicología. Es, ante todo, una decisión, basada en la construcción de una relación que concebimos como idónea. Es una necesidad sostenida en el enorme valor que le damos a la fidelidad y la exclusividad. Con esto, no quiero decir, y no confundamos queridos míos, que nuestro cuerpo tarde o temprano nos llevará a buscar múltiples parejas, porque la materia gris ahí está -o al menos eso espero- y con ella, el libre albedrío y por lo tanto la opción, la convicción y el deseo (esperemos que honestos) de estar con una sola persona, o no. El asunto es que nos estamos dando cuenta que la diversificación en pareja, todo eso que se ha discutido por siglos sobre nuestra posibilidad integral de emparejarnos con un@ sol@ de por life, surge en nuestra naturaleza. En igualdad de géneros, porque también se ha desmitificado que el asunto de la no exclusividad sea puramente masculino.

Por ahora les dejo este programa, que me pareció excelente y que me recomendó un gran sexólogo, a quien estimo y a quien he entrevistado en mi antiguo programa de TV y para distintas editoriales, Miguel Espinoza. Este programa, partido en tres videos, con las opiniones de David Barash -a quien he leído en otras ocasiones y cuyo trabajo me parece extraordinario-  aclara justamente, desde el punto de vista científico, todas esas dudas con respecto a esa concepción idealista de mantenernos sexualmente en un mismo colchón de por vida. Chequen:

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