Cuando la cosa realmente se pone ‘espesa’ en una discusión de pareja, sobre todo cuando una como mujer tiene el 80 o el 100% de culpabilidad, solemos recurrir a la viejísima y cruel estrategia del lagrimeo, acompañado de sollozos y hasta falta de aire. La cosa es que el ojo termine enrojecido, la nariz hinchada y el rímel corrido. No falla. Somos tremendas. Y es que en realidad a los hombres les aterra, algo dentro de ellos enciende una alarma que grita ‘Oh no… Oh no… Ya está llorando, por Dios que pare ¡La has hecho llorar!’. Se debilitan, punto. La he aplicado millones de veces, debo admitirlo. Es un recurso de alarma roja. Es decir, ya trataste de explicarte, ya gritaste, ya pediste disculpas, ya te culpaste pero él no se rinde, sigue argumentando, gritando, amenzando con salir de ahí… no queda de otra, te dices ‘Es hora de llorar’. No negaremos que en ocasiones sale solo, surge ante la tensión de no ser disculpada del error pero hay veces que hay que forzarlo.

Hace años, creo que todavía estaba en la universidad, una noche tenía un compromiso con la familia de mi entonces novio, que me daba una pereza insuperable. No conforme, mis amigas planearon una de esas noches de antro sin novio y yo no me la quería perder. Así que me fingí enferma. Hasta empijamada lo recibí cuando pasó a ver mi supuesta convalescencia. Le dije que me daba mucha pena pero que estaba muy mal del estómago y no quería ir a arruinarle la tertulia familiar. No obstante, el muchachón no me la creyó, no sé por qué. Yo le dejé instrucciones a mi madre de que si me llamaba le dijera que estaba dormida. Pero para variar, las madres suelen dejars embaucar y él un poco más tarde llamó a mi casa y le dijo a mi mamá que había quedado de alcanzarme donde estaría pero que no recordaba el lugar y que si ella sabría a dónde había ido. En ese entonces no era muy común tener celular.  Mi mamá se confundió en ese momento, pensando que quizás yo finalmente le había dicho la verdad y le dijo simplemente ‘No sé a dónde fue, pasó Erika por ella hace como una hora’. Y el muy enfermote, a sabiendas de que siempre íbamos al mismo antro, pues que nos cae. Yo estaba en pleno bailongo cuando lo vi de lejos y él a mí. Me metí al baño con mis amigas y las cuatro tratábamos de encontrar un modo de escape. No lo había, obviamente. Entonces escuché uno de los peores pero más efectivos consejos de una amiga, fue un simple ‘¡Llora, llora!’. Y salí a enfrentar mi mentirota. No había modo de justificarme, ¿qué le iba a decir? ‘No fui con tu familia porque esa noche decidí ser altruista y fui a un antro en busca de almas perdidas que llevar a la iglesia?’. Entonces me acerqué a él y sencillamente lloré, más que la Chorreada cuando se le muere el Torito. No se imaginan los lagrimones. Eso y un ‘perdóname, soy una tonta pero no quiero perderte’, funcionaron. Claro, no quitó la cara de vela derretida como en dos días pero se le pasó. Lo superó. Ahora lo recuerdo como una de las tretas más sucias que he aplicado. Actualmente, ya no uso la estrategia, creo que la edad te hace pensar mejor las cosas. Pero eso sí, la tengo bajo la manga en caso de emergencia, misma que espero no se presente. Quizás deba usarla la próxima vez que vaya a ver a un productor. A lo mejor funciona más llorar y decirle lo desdichada que soy porque no tengo trabajo que parecer una disciplinada, responsable, sonriente, amable, preparada y talentosa actriz que debe contratar. Um, no suena mal. ¿Funcionará?… bueno…No sea que  el tipo quiera consolarme con un arreglito de carnes, ¡mejor no hago la prueba!

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