El contacto y la estimulación de la piel proveen de uno de los mayores ingredientes de la actividad sexual. Todo comienza por las manos, son el principal vehículo además de nuestros labios, lengua, dientes e incluso el aire que exhalamos. Si la piel tiene un idioma, éste es el de la ternura sensual pero puede percibir otros lenguajes: el de temperaturas, texturas y vibraciones. Por sí solos o en conjunto, cada uno de éstos es capaz de disparar la más variada y excitante gama de sensaciones sexuales. Y siendo el órgano más grande del cuerpo, la piel, imaginen la de zonas que están dormidas en ella. Si los mismos órganos sexuales de repente en medio del aquelarre nos dejan descubrir ciertos puntillos que hasta uno dice ‘¿y ora? No sabía que tuviera ese punto a excitar’; ahora imaginen  lo que no hay en la piel, en lo largo de tooooodo el cuerpo. Pero no nos damos el tiempo de descubrirlos.

Podemos iniciar nuestra búsqueda de sensaciones escondidas, prácticamente, en cualquier parte del cuerpo. Si al realizar el viaje intentamos mantener una actitud libre —carente de prejuicios y llena de confianza—, tendremos la oportunidad de descubrir zonas del cuerpo que excitan, provocan y causan placer.

Les sugiero un viaje táctil para mapear su cuerpo y el de su pareja. Sólo tienen que darse un bañito (por aquello de las inseguridades como ‘no sea que por el sudor del día tal zona me huela a tamal’), si gustan pueden bañarse con un jabón neutro para permitir que su olor natural sea el que domine o bien, se pueden ir por los clásicos olores que gustan a la pareja; que si el jaboncito de blueberry, o de fresia, jazmines, etc. Y esos poderosos aromas masculinos. Y de-dí-quen-se a mapear el cuerpo. Incluso zona por sesión, un día los pies, otro el abdomen, otro la espalda, los codos, en fin. Les juro que van a encontrar gratísimas sorpresas: la pareja retorciendose de gusto porque le estimulan algo tan simple como la muñeca. Uno nunca sabe. ¿Quieren?

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