La monogamia es quizás el compromiso más complejo de cumplir. Idílicamente todos aspiramos a ese “y fueron felices (y fieles) para siempre”, no obstante nos enfrentamos a ciertas desavenencias en el camino. Es la disposición para la que menos estamos preparados. Todos somos principiantes.
La monogamia es un rasgo de la sexualidad de los homínidos desde aproximadamente unos tres millones de años. Sin embargo, no como un patrón perenne, sino como un requerimiento biológico con el fin de guardar la especie. De acuerdo a teorías del antropólogo Marvin Harris, todo comenzó cuando nos pusimos en dos pies. El bipedalismo generó en las hembras una disminución de la amplitud del canal del parto con lo que este se volvió no sólo laborioso sino provocó que nuestras crías nacieran en un estado poco desarrollado para sobrevivir sin un largo cuidado de la madre. Ella sola no podría garantizar la supervivencia de ambos sin la ayuda del macho. La monogamia, es una estrategia que hace que el padre (o supuesto padre) se incorpore a la tarea de sacar adelante la familia. Y, para asegurar que eran suyos los genes por los que se partía el lomo matando fieras salvajes, debía optar por establecer una pareja estable, una cierta vigilancia sobre la hembra ya que al desconocer su etapa de celo (no sangraba durante la brama como otros mamíferos) era el único modo de certificar que no se daría sus revolcones con otros machos. Por lo que se cree que el primer hombre monógamo fue el australopiteco. Pero, una vez que las crías podían medianamente valerse por sí mismas, la monogamia se volvía casi innecesaria. Para los dos. Lo cierto es que más allá de la crianza, no hay ninguna ley biológica que nos dicte tener una única pareja sexual o emocional a lo largo de toda una vida.

¿Hombres naturalmente infieles?
Se ha desmitificado aquello de ‘los hombres están diseñados para tener harta hembra’ y por eso no pueden estar con una sola. Algunos aludían a los millones de espermatozoides que producen (y necesitan ‘descargar’) mientras una mujer sólo expulsa un óvulo mensual. La producción de gametos tiene como único fin la procreación. Una mujer tiene en promedio 420 oportunidades en su vida de quedar embarazada (una media de 35 años menstruando) y la razón de la cantidad de esperma que se produce es porque un único espermatozoide tiene una probabilidad en dos millones de fecundar un óvulo. Aunque, dicho por  el profesor en psicología y doctor en zoología David Barash en su libro El Mito de la Monogamia, “los hombres –los machos en general- tienen un umbral de excitación sexual más bajo y una mayor apetencia por la variabilidad sexual  o, por expresarlo con cierta negatividad, una tendencia a equiparar monogamia con monotonía”.

Promiscuas al servicio de la supervivencia
Científicamente comprobado: una mujer con más de un hombre puede evitar nuestra extinción. Según un estudio de la profesora de la Universidad de Exeter, Nina Wedell, la poliandria (unión o matrimonio de una mujer con más de un hombre) promueve nuestra continuación. Para comprobar su teoría, utilizó a moscas de la fruta (Drosophila pseudoobscura), a las que separó en dos grupos: a unas las dejó relacionarse de forma natural, lo que implicaba que mantuvieran contacto sexual con diferentes machos, mientras que las otras se concentraron con una sola pareja. Después de quince generaciones, cinco de cada veinte poblaciones monógamas se extinguieron por haberse quedado sin machos. Explica que es probable que nazcan sólo hembras cuando el cromosoma masculino contenido en el esperma muere antes de la fecundación a causa de una alteración que afecta al ratio sexual de las especies, conocida como el cromosoma SR. Estas hembras a su vez serán portadoras de dicho cromosoma  y lo transmitirán a su prole masculina y de ser así, la población de machos desaparecerá y con ella la especie. Wedell comenta que “la biología en múltiples especies sí promueve la poliandria como una conducta natural”. No es ‘fiesta’, nuestro cuerpo nos insta a darle un futuro a la humanidad.

Poliamor ¿honestidad o adaptación natural?
El Poliamor, consiste en tener una relación con dos o más personas con las que se tiene un lazo emocional y quizás sexual basado en la teoría de que somos polígamos por naturaleza y monógamos por educación y estándar social. Todos los integrantes saben y tienen la plena convicción de que así deben funcionar las relaciones de parejas. Esta subcultura encuentra su origen en su estado puro en el hippismo, en la vivencia de las comunas. La fundadora del grupo Poliamor en España comenta que “para ser un poliamoroso se requiere de la habilidad de amar a más que una persona a la vez, y la práctica de compartir y llevar a cabo más que una relación”.
La exclusividad no existe sino la polifidelidad: muy parecida a la monogamia pero con más tumulto. Es un acuerdo de que no habrá relaciones románticas fuera del grupo. El romper esa regla se percibe como un engaño.

Finalmente, la fidelidad es un compromiso sino aprendido y exigente, una decisión que se negocia y se toma como parte del amor; donde el ser humano, coronado como un ser con capacidad de reflexión puede ir en contra de sus inclinaciones. Su mayor beneficio comprobado: salud emocional y mayor autoestima para las ‘crías’ en las que depositamos nuestros genes. Lo paradójico es que cada vez tanto hombre como mujeres parecemos necesitar mayor variedad.

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