Queridos míos. ¡Cuánto les cuesta plantear un compromiso! En ocasiones se preguntan ¿por qué ella requiere de una etiqueta? ‘Novia’, ‘esposa’, ‘la señora de la casa’, la mera merengues. Y muchas mujeres también se tuercen los dedos esperando, ya sea que él se anime a decir ‘Bueno, nos estamos pasando un tiempo divino, pero ¿qué somos?, ¿novios?’. O que el incauto desee a pasar del noviazgo (muchas veces más largo que el porfiriato) a la entrega del anillo y de ahí al altar. Sí, muchas lo necesitan. Eso de andar poniéndole, besándose y saliendo sin aclarar, ojo, acla-rar qué son, y plantar la etiqueta le quita el sueño a innumerables féminas. La cosa no es aprendida. No viene de que tus amigochas entre martinis en un bar te digan ‘¿Y ya andan?’, y eso te provoque una necesidad imperiosa de que te pongan tu etiqueta. No, todo viene de nuestras queridas antepasadas. Atiende a esas huellas biológicas, genéticas, antropológicas que todos tenemos. Huellas pegosteadas al ADN.

De acuerdo a teorías del antropólogo Marvin Harris, todo comenzó cuando nos pusimos en dos pies. O sea las mujeres y hombres fuimos erectus. El bipedalismo generó en las hembras una disminución de la amplitud del canal del parto con lo que este se volvió no sólo laborioso sino provocó que nuestras crías nacieran en un estado poco desarrollado para sobrevivir sin un largo cuidado de la madre. Entonces nosotras solas no podríamos lograr la supervivencia de ambos sin la ayuda del macho. Pero, claro está, necesitábamos una garantía de que ese mero macho era nuestro y nada más que nuestro porque su capacidad productiva tampoco era digamos muy abundante. Así como podía haber días que llegara con medio mamut de la caza con sus compañeritos, podría haber días que no trajera ni un pedacito. Y, además de promover la monogamia (porque no habría suficientes provisiones para muchas), una mujer necesitaba que él tuviera un COMPROMISO de que volvería (siempre y cuando no fuera devorado por alguna bestia en su labor) para que su presencia le permitiera tranquilamente criar a sus chamacos mientras claro, recolectaba frutos, creó la costura, ¡el fuego! (sí diversas teorías sostienen que fuimos nosotras las que descubrimos cómo hacer fuego tanto para cocinar como para mantener el hogar calientito), el uso de plantas y hierbas para la medicina, el uso de fibras que después serían telas, la administración del hogar en cuanto a estaciones, la siembra,  la magia o ritualística basadas en nuestro poder creador relacionando nuestra capacidad de dar vida como lo hace la Madre Tierra y mucho pero mucho más. Pero para eso, necesitábamos sí, y sí, al macho querido. Porque si no, ¿quién iba a protegernos y darnos la papa?

Entonces, claro está hoy es más que obvio que ya no necesitamos de manera esricta al hombre para sobrevivir y hacer sobrevivir a nuestros vástagos. Sin embargo, esa huella quedó y de un modo tal en el inconciente y toda clase de cables en el cerebro, funciones biológicas, químicas, hormonales, etc. que por ende seguimos requiriendo el ‘¿Y qué somos?’, ‘¿Y pa cuando la boda?’, ‘¿Somos novios?’; ‘Porque ya estuvo bueno que comas gratis mijo’.

Ya ven, no es algo que podamos controlar a menos que tengamos una conciencia plena de que no DEBEMOS  o deseamos esperar ningún compromiso dadas las circunsatancias. Aunque en el fondo lo añoremos. ¿Les ha pasado?

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