Las muñecas Barbie han sido amadas y criticadas desde todas las perspectivas. Comenzando por los estereotipos que fomentan ideas rosas en las niñas, y otro -según algunos autores- un tanto más dañinos en términos de autoimagen: se ha dicho que si Barbie fuera una mujer de carne y hueso, tendría problemas de salud dada su fisionomía, incluso sus piececillos no la podrían mantener en pie. Y, claro, desde el punto de vista sociológico Barbie es una chica que tiene todo, una enorme mansión, corvette, casa en Malibú, amplio guardarropa pero (a excepción de que si la Barbie doctora o la veterinaria o la ‘magic model’ de mis tiempos que obvio era modelo de pasarela) nadie sabe a ciencia cierta cuál es su profesión o cómo obtuvo ese enorme patrimonio. Por su lado, Ken, su galanazo bello y escultural tampoco se sabe a qué dedica sus días. Eso se supone que se le deja a la imaginación de cada niña, como quiera armar su historia. También Barbie tuvo sus evoluciones, tardaron décadas en crear muñecas de raza negra y posteriormente crearon algunas con rasgos orientales y latinos. Su extensión global requería que la mona se adaptara a la imagen de cada pueblo.

Yo fui una niña ‘totalmente Barbie’. Sí, salí a las calles satelucas a jugar avión, resorte, bote pateado y policías y ladrones y bueno, a darme mis cuaces en la cleta (porque honestamente no logré ser una master sobre ruedas), pero la mayoría de mis tardes y días vacacionales los avocaba a crear la ciudad de Barbie en toda la recámara de mi hermana y a jugar hasta que el sueño o las horas de comer nos interrumpían. Mi hermana dormía en mi recámara para no tener que desmantelar el desmadre de nuestra ciudadela Barbie Town. Y emulábamos diferentes melodramas. Maravillosos. Vestir y peinar a la mona era todo un arte. Y decidir si ese día iría montada en el corvette (que además brillaba con el sol, wow) o en el caballo o en si se iba de camping en el Motor Home, también representaba toda una serie de decisiones. Barbie, claro, tenía un nombre cool, porque no se llamaba ‘Barbie’, yo le ponía Samantha o Stephanie, que me parecían de lo más raros  y elegantes. Y sus actividades constaban en ir a la playa, al súper, a la fiesta, a la boda (nombre, las bodas eran más cansadas y producidas que las de final de telenovela de Televisa). También recuerdo que era toda una parafernalia armar el jacuzzi para que echara burbujillas a base de bombeo, todo para que la señorita se metiera cinco minutos.

Y un día llegó Ken, ¡zaz! En un cumpleaños de mi hermana -la auténtica Lorebria- tras un viaje de mi papá a EU. Y era el más deseado, aún no había en las tiendas mexicanas. Pasaron algunas semanas para que mi otra hermana y yo tuviéramos el nuestro. En tanto lo codiciábamos al grado que un día terminó con una pata zafada y tomábamos turnos por ver quién tendría a Ken con todo y su tarjeta de crédito de cartón y sus calzones que revelaban un muy ligero abultamiento en su interior. Y ni qué decir de la desvaginada Barbie.

No recuerdo que una sola vez nuestra Barbie tuviera una profesión ni aspiración alguna más allá de estrenar un nuevo vestido. No escribía en revistas, ni era actriz, ni ganaba premios en Cannes ni hacía teatro, ni tenía un programa de televisión; mucho menos luchaba por una independencia económica ni se debatía por permitirleo no a Ken pagar algunas de sus cuentas. Ella simplemente se divertía. Y, créanme eso no produjo que yo deseara eso en mi vida, tampoco mis hermanas ni las muchas amigas que tuve que eran Barbie adictas. No creo en esas teorías de que la cultura Barbie daña a las niñas y les crea una concepción idílica del futuro. Es obvio que con el tiempo y las experiencias tendrás que parirte a ti misma y construir quién carajos eres y tienes pensado ser.Es mucho más profundo que eso.

Pero justo en ese hartazgo por una muñeca ideal en la que todas las niñas (en un supuesto) desean convertirse, una americana creó una serie de muñecas bajo el estereotipo de una mujer lesbiana. Las Dyke Dolls. Para empezar el término ‘dyke’ es un poco peyorativo es como si les pusiéramos aquí ‘Muñecas Lenchas’. Las hay camionera, rockera o vaquera. Tienen su profesión. Y claramente no son para niñas, sus accesorios incluídos son un vibrador y un arnés con dildo. Obviamente sus rasgos son poco femeninos. Y bueno, ¿no es lo mismo? ¿No es crear la idea de que todas las chicas con orientación gay son así? Yo he conocido algunas verdaderamente femeninas. No es una cuestión de género, no se sienten hombres, simplemente se orientan sexual y afectivamente hacia mujeres. Pero bueno , quien quiera la suya, prepare sus 50 dolarucos.

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