En esta era de supuesta equidad, muchos hombres se están descubriendo -no sobajados ni maltratados- sino en una especie de pérdida de su identidad, de proyectos, planes de vida y hasta de su autoridad familiar. Un proceso que ha sucedido lentamente. Casi imperceptible. Un día sólo advierten que han hecho con su vida exactamente, no lo que esperaban, lo que su pareja esperó de ellos.

El bien común suele ser el factor determinante. Te preguntarás si dichos hombres (entre los cuales quizás te encuentras), carezcan de carácter suficiente o de poder de imposición. La respuesta es no. Tampoco son víctimas del hembrismo radical; el homólogo del machismo que tantos años ha tomado vencer a las feministas. Este fenómeno surge de la incapacidad de equilibrar entre los propósitos personales y el bien común: el de la pareja y/o familia.

Este patrón, sin afán de ser sexistas, por siglos fue propio de las historias femeninas. ¿Qué lo ha llevado a segregarse en el sexo opuesto? Tenemos aún mucho qué aprender de nosotros mismos. Descúbrelo.
¿Cómo llegaste a eso? Las simplicidades, el día a día son los más poderosos generadores o deformadores. Los básicos. Quizás cuando comenzaste tu relación ambos tenían un proyecto de vida, afín pero independiente. Al paso de las necesidades, la adaptación, los hijos, los imprevistos, fueron descartando ciertos aspectos. Es probable que hayas tomado un empleo o un giro de tu carrera, no porque fuera lo que más deseabas sino porque era el que les permitiría tener la calidad de vida esperada. Tampoco te veías tomando las decisiones actuales. Pero tuvo que ser así, de nuevo, por el bien común.
O sea, aclaremos, no es el caso de guiñapos de mujeres caprichosas y autoritarias que los han suprimido hasta convertirlos en su mascota proveedora, sino de hombres que en un afán de proveer, empatizar o concordar han permitido que su voz o necesidades personales salgan sobrando. Según el psicólogo evolutivo David Bass, “la necesidad masculina de proveer es un asunto de evolución como especie y pudo reforzarse con conceptos culturales o sociales”. Esa doble voz en tu interior suele apoderarse de tus decisiones. La pregunta es ¿dichas decisiones fueron tuyas  o ‘sugeridas’? (donde la sugerencia puede resultar una orden sutil o súplica controladora).

El primer punto. Ella no es el enemigo. No caigas en la misoginia. La creación de tu realidad es total responsabilidad tuya. Tu mujer también pensó en ese bien común. Pero dado que aún no comprendemos lo que es la equidad, las parejas continúan creyendo que ‘ser pareja’ significa cancelar sus identidades. Entonces resulta complejo equilibrar, detectar cuando tus decisiones están encaminadas por tu concepto de bienestar o el que otros, en este caso ella, te han ‘vendido’ como lo mejor para ti y para quienes te rodean.

Del  dar al sacrificio

Vivimos pensando que todo se logra a base de sacrificios. Esta es la primera gran mentira. Misma que nos impide sabernos merecedores; de tener conciencia de merecimiento, dotados de voluntad para decidir quiénes queremos ser. La mayoría mamamos patrones desde la infancia en la que nos advertían que tener algo o ser alguien era complejo. Muchos padres solían –y suelen- crear culpa en sus hijos por lo mucho que se esfuerzan por ellos. Entonces, como la mayoría, aprendiste que el sacrificio a costa incluso de la identidad era necesario para ser amado, y para funcionar.

Dar es una decisión basada en la confianza, pero sobre todo en el respeto hacia nuestro valor personal. La autoestima, la percepción de valía de nosotros mismos debe ser la guía. El dar no debe comprometer tu valía o tu auto percepción,  porque entonces se convierte en un sacrificio. No te sugerimos que te conviertas en un egoísta cerrazónico. Todos, en cualquier ámbito, hemos tenido que adaptarnos, permutar ciertas metas o propósitos y claro, en ocasiones éstas nos llevaron a encontrar lo que en realidad nos hace felices o para lo que en verdad somos buenos. Pero es común que algunos de esos giros hayan sido promovidos por la idea de que el bienestar de otros debe ser el tuyo. La clave es identificar. Porque el amor, el adquirir responsabilidades o la creencia de que ‘Así debe ser’, nos pueden confundir.

La cruda verdad
Ya tienes una primera guía, ¿Eres feliz con las decisiones que tomaste de manera individual y consciente y con aquellas que ‘compraste’? ¿Diste o te sacrificaste? ¿Tomaste en cuenta tus necesidades, las expresaste y llegaste a acuerdos?
En esta lucha por mediar la balanza, la opción más viable (y menos dolorosa) es culpar. Claro, a ella. Ten cuidado. Es fácil decir ‘Dejé mis sueños por mi familia’ cuando en el fondo fue por miedo a atreverte ¿Decisión individual consciente o comprada? En el siguiente post, las herramientas para aplicarse y recatar tu voz. ¡Ya!

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