La omisión es uno de los errores más comunes y que no tomamos en cuenta. No decir, es como no existir, es volver invisible aquello que nos molesta. Omitir, dando por hecho que el otro DEBE saber qué queremos y qué deberíamos sentir, y lo peor, este sí es el peor: el creer que el otro por su calidad de género u orientación DEBE CONCER qué me gusta, cómo me gusta que me eroticen, toquen, besen, hablen. No señores, los adivinos, los ‘giovannitos’ del sexo no existen. Claro hay ‘feeling’, hay aprendizaje pero cada cuerpo es un mapa, es un universo distinto por descubrir. Pensar que a tod@s les gusta lo mismo es igualmente una babosada. Un acto omisivo.

Esto creo que es digno de analizarse. La mayoría, tanto hombres como mujeres; con mayor incidencia en el sexo femenino (sexismos aparte) llegamos a nuestras relaciones jurando que el otro ya sabe o de algún modo ya aprendió cómo satisfacernos. Y viene el guacatazo, sobre todo en los primeros encuentros y justamente celebrando la OMISIÓN. Es decir, llegan, acomodan sus cuerpecitos y a la hora de la hora como que algo no encaja, no hubo un verdadero disfrute, como que nomás no pifó. En palabras más adecuados los estímulos y reflejos no fueron efectivos. Pero se lo callan. Y así se pueden ir por años. Tengo conocidos que me dicen por ejemplo, ‘Odio cómo mi marido me babea la vulva cuando me da sexo oral’. Y pregunto ‘¿Desde cuando?’ y resulta que es ‘Desde siempre’, pero nunca se lo han dicho. Omitir es entrenarse tener una mala vida sexual. Es aún más poderoso que el expresar de manera inadecuada: con violencia o con maltrato. Échenle análisis. ¿Qué no han dicho? ¿Qué han omitido en sus relacioens de pareja, sexuales y/o eróticas? ¿Qué están cansados de callar?

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