El sábado no pude ir a a la XXXI edición de la Marcha del Orgullo Gay en el DF, en la que se buscó reivindicar mejoras a los derechos de la comunidad LGBTTI. Tuve que trabajar y fui a ver a mi perro Roy a casa de mi mamá, ha estado un poco enfermito el pobre. Es un pastor alemán de 13 años. En fin, realmente me hubiera gustado, y aunque concuerdo con varias opiniones en cuanto a que en algunos casos la Marcha se ha desvirtuado y hay quien la toma para ir a lucir hasta el genital pintado y causar morbo, me parece importante apoyar. Una amiga me dijo ‘¿Y a qué demonios querías ir? Tú no eres gay ¿o sí?’ (jaja, ese ‘¿o sí?’ me dio mucha risa). Precisamente creo que no se necesita ser gay para apoyar a la diversidad sexual. Todos somos la diversidad y personalmente siento un ardor implacable cada que veo que una persona es rechazada, jodida y amenazada porque su orientación sexual no es la que la gente dice que es la correcta; la que su religión/familia/sociedad le enseñó como ‘correcta’. Y ha sido un factor relevante para muchos aspectos de mi vida. Por ejemplo, hace unos seis años, ya venía yo reestructurando mi idea sobre la religión. Muchos hechos personales, noticias mundiales y opiniones estaban por hacerme desertar del catolicismo. Y en ese camino, justo cuando más y más me convencía de que dicho dogma/negocio no era lo que yo concebía como contacto con Dios, un amigo pasó una experiencia horrible con un grupo de curas. Para no hacerles el cuento largo, literalmente le dijeron que iba derechito a lo ellos llaman infierno, se negaron a ir a darle los santos óleos a un familiar suyo que agonizaba, y uno de ellos le dijo que si quería  acercarse a la Iglesia debía ir a ‘curarse’ con un psiquiatra y pedir perdón por su pecado, su lujuria y perversión. Cuando me lo contó, casi vomité y fue la puntilla para que yo dejara de llamarme (porque hacía mucho que no lo ‘practicaba’) católica. Y debido a muchos otros eventos he ido sintiendo empatía hacia la gente que vive en el complejo camino de ‘salir del clóset’ y llevar una vida digna haciendo respetar su orientación sexual sin miedo a ser catalogado como ‘enfermo’ o ‘desviado’.

El camino es largo. Una encuesta difundida la semana pasada, reveló que en México más del 88% de los miembros de la comunidad lésbico, gay y transexual padece discriminación y violencia. La consulta la realizaron varias organizaciones, entre ellas la Universidad Nacional Autónoma de México y el Centro Latinoamericano de Sexualidad y Derechos Humanos. Así que el que diga que las cosas han cambiado, está equivocado. Ya ven al tipo ese, candidato a diputado, Cervando Ayala, quien afirmó hace unos días que la homosexualidad es una enfermedad que se cura “hasta cierto punto a través de medios psicológicos”. Que lea. ¡Lea señor candidato!  Desde 1990, la Organización Mundial de la Salud (OMS) excluyó a la homosexualidad como padecimiento. ¿Y esos son los que van a defender el bienestar de los mexicanos? No pos ya nos cargó la bruja.

Ahora, lo que cada individuo, de acuerdo a su personalidad o ideas haga como muestra de su orientación, es cosa aparte. Hay quien dice que no ‘le molestan’ los gays per se pero que el hecho de verlos verstidos o semi vestidos con lentejuelas y plumas es lo que le da una mala imagen de la Comunidad. Lo entiendo, de verdad, sé que a veces las marchas parecen más un carnaval que un acto pacífico pero tampoco creo que esa sea razón para discriminar, odiar y herir. En fin. Un poco atrasado, pero feliz Día del Orgullo Gay para todos aquellos que hoy viven su orientación sexual de manera responsable y con la frente en alto.

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