Muy a propósito de nuestro podcast de la semana sobre los bares de bailarinas exóticas, eróticas alias teibol, platiquemos sobre el efecto o lo que implica pagar por sexo. ¿Qué sensaciones da el hacerlo? Hace años cuando el sexo era un hecho fortuito, había que rezarles a tres santos para poder disfrutar de él, sobre todo en lugares pequeños y muy religiosos, y si se era soltero aún peor, pagar por sexo era lo común. Ya parte de los hábitos masculinos. Sobre todo porque eran pocas las mujeres que no fueran tu esposa las que accedieran a perder su honor por darse un momento de delicia. Pero en nuestros días no es tan inaccesible. Hoy en día los fenómenos que detonan mayormente el que un hombre o claro, una mujer salgan en busca de unas medias horas de placer por sus respectivos morlacos radican en la soledad o en problemas sexuales con la pareja. He tenido casos de hombres que con tal de no atender sus asuntos eyaculatorios precoces, y no tener que lidiar con éstos ante su pareja, prefieren ir con quien –a causa de rentarles la vagina- no pueden decir ni pío. Al contrario, para ellas mejor.
No obstante de ser muy válido, hay quienes una vez que han eyaculado y dejado el burdel, motel o hasta auto donde tuvieron el encuentro con la o el prostituto, son atacados por una sensación de culpa, suciedad y soledad. Muchos sencillamente no se atreven a crear un vínculo real con una mujer por lo que una sexo servidora les ahorra ese enfrentarse a su baja autoestima, a descubrir quiénes son como hombres en términos de pareja. Porque equívocamente creemos que todos quienes van en busca de placer por un precio económico salen felices y echando cuetes.
Lo mismo para la contraparte, los que ofrecen sus carnes. Hace unos años tuve oportunidad de ir a Cuba, donde sutil o francamente los habitantes se venden. Una chica realmente, no guapa, lo que le sigue, una mulata de esas que parecen salidas de una portada de Sports Illustrated, se le ‘pegó’ a un grupo de amigos de la universidad y se ‘contrató’ con ellos de modo implícito para acompañarlos y mostrarles las playas, los antros, los restaurantes, etc. Oooooobvio, de amigos no faltó el que se la llevó a su cuarto e hicieron de todo. Ella estaba dispuesta a pasar por la cama de los cinco que conformaban el peculiar grupo. No sucedió puesto que se dio una especie de fenómeno masculino en el que ‘se respetan la nalga ajena’. Ella no se planteó como prostituta, sino como una chica hermosa que ‘se hizo amiga de ellos’. Y –telenovelezcamente- se ‘enamoró’ de uno y por eso se fue con él al revolcón. Tuvo tiempo suficiente para contarle la dureza de su vida por lo que él le dejó una buena cantidad de dólares, le compró ropa, etc. Ella se despidió de él con todo y lágrima y moco. Y mi amigo universitario volvió a México con el corazón hecho puré y jurando que vería el modo de sacarla de la isla. Comenzó a mandarle dinero y regalos. Unos meses después, uno de ellos junto con una amiga mía volvieron a Cuba esta vez a un curso de foto. Y ¿adivinen a quién se toparon? A la mulata del cuerpazo exactamente en el mismo mood, con un grupo de extranjeros con los que podía comer y beber, conocer sitios imposibles para ella y quedarse con unos dolarucos. Respetable su chamba y comprensible, algunos autores plantean Cuba como el gran burdel de Latinoamérica. Pero, al final del día, imaginen la sensación de vivir así, armando esos teatrotes por la necesidad, el gusto o la situación que sea.
Hay mucho que hablar de esto pero ya tengo que entrar al programa. Ya vuelvo.

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