Cuiden su boca.

Insultar, descalificar, hacer daño a otros con las palabras forma parte de la comunicación cotidiana. Nuestras palabras no sirven únicamente para informar acerca de la realidad, sino que traslucen estados de ánimo, emociones y sentimientos. Si pudiéramos medir el alcance de la función emotiva en los mensajes que intercambiamos, seguramente llegaríamos a la conclusión de que ocupa tanto o más peso que la función referencial. Nuestras expresiones son portadoras de violencia en la medida en que nos sentimos dominados por la ira, el enojo o la irritación.

Pero habría que preguntarse si la manifestación agresiva de las emociones mediante palabras actúa como catarsis o desahogo o si, por el contrario, engendra más agresividad tanto en el emisor como en el receptor. Entre los excesos de la franqueza desconsiderada y las mojigaterías del eufemismo y lo políticamente correcto hay un término medio donde las palabras no tienen por qué desprenderse de su energía.

Sin embargo, la violencia verbal suele tener voluntad de herir. No es casual que en las situaciones de abuso más tipificadas (el doméstico, el escolar, el laboral), la agresión verbal aparezca muy frecuentemente asociada a otras formas de maltrato. Unas veces representa el paso previo a la fase más virulenta de la violencia física, otras concentra la mayoría de los ataques psicológicos contra la víctima.

Es fácil creer que alguien ‘se puede pasar’ al hablarnos de cierta forma, pero en pareja, una vez que una de las partes se atrevió a usar su boca como una granada, no hay vuelta atrás. Se hará hábito.

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