Nuestros antepasados directos tenían la costumbre de besar. El primatólogo Fransde Waal y el etólogo Eibl-Eibesfeldt sostienen esta teoría. De acuerdo a estudios paleontológicos, afirman que algunas hembras de homínidos como el Hombre de Cromagnon alimentaban boca a boca a sus crías. Masticaban los frutos y hechos puré los pasaban a sus chamacos. Se cree que esa práctica es un antecedente del beso, un modo de mostrar afecto y crear un vínculo. Los chimpancés y orangutanes, que son increíblemente parecidos a nosotros, suelen besarse no sólo como parte de la alimentación madre-hijo, sino también para saludarse, y según la antropóloga física Diana Platas, miembro de la Sociedad Mexicana de Primatología, para reconciliarse y crear vínculos de apareamiento.

Freud por su lado afirmaba que besar se deriva de la forma en que se alimentan los lactantes. “Al succionar, ahora lo sabemos, se utilizan los mismos músculos y movimientos que para besar. Consideraba que los besos eran la búsqueda del pecho materno en los labios de otra persona. “Nos encanta besar porque el beso estuvo presente en nuestro primer gran amor”.

De los doce pares craneales que poseemos, cinco se activan cuando besamos, enviando mensajes desde los labios, lengua, nariz hasta el cerebro que procesa los movimientos del evento”, afirma Celina Anaya-Huertas, presidenta de la Asociación Mexicana de Primatología. ¨Treinta y cuatro músculos trabajan al mismo tiempo, y además se libera oxitocina, “conocida como ‘la hormona del vínculo’, la cual aumenta después de un beso”, añade.

Imposible no besar. De hecho, muchos especialistas de pareja sugieren que nunca dejemos pasar un día sin tomarnos al menos UN minuto para darnos un largo beso. No lo olviden.

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