El placer sexual fue planteado desde nuestros orígenes primitivos como un premio, como el resultante de un gran esfuerzo. La misma cópula era un logro. Dado que provenimos de los primates, aún guardamos algo de esas memorias grabadas a nivel celular. Y nos comportamos un poco como ellos, como esos mismos seres de los cuales evolucionamos.

En un clan de chimpancés, por ejemplo, no todos los machos tienen la posibilidad de aparearse con las hembras. Esta es chamba del ‘macho alfa’, de aquel que no sólo lleva el liderazgo sino que por sus características físicas superiores, es el encargado de dejar su semilla en las hembras para garantizar la conservación de la especie. Algunos estudiosos de estos primates, han descubierto que aquellos machos que no lo tienen permitido (los machos beta), se organizan en grupo para distraer al macho alfa mientras otros machos beta logran aparearse con las hembras del grupo. Muchos otros, como los monos araña, comienzan a tener relaciones entre machos (contacto chango-gay) con el fin de saciar sus instintos básicos. Otras especies, tienen que ‘echarse un tiro’, una verdadera contienda que deja pendejo a cualquier Street Fighter, por llevarse a lo oscurito a la hembra en cuesión. El sexo sigue siendo un motivo de esfuerzo.

Nosotros claro, en nuestra evolución hemos dejado un buen pedazo de esos usos, aunque no podemos negar la posible veracidad de la teoría que afirma que las mujeres solemos sentirnos más atraidas por los hombres fornidos y vigorosos en búsqueda de aparearnos con un macho superior y con una ‘semilla’ con mejores cualidades físicas con el fin de tener crías más sanas. Ahora con tanto anabólico, camas de bronceado y botox no sabemos si el macho que nos estamos llevando a la ‘apareadera’ está sano o no.
Por otro lado, no hace tanto aplicabamos el ‘Derecho de Pernada’, a través de la cual todo señor feudal tenía el privilegio de tener relaciones sexuales con las mujeres de su feudo y de darle el ‘estrenón’ a una virgen recién casada. Obviamente, no con el fin de dejarla embarazada y buscar una descendencia de sangre real (aunque se debieron de dar miles de casos), entre muchos otros propósitos, también era un capricho de supremacía que dejara muy claro quien llevaba ahí las huevos en la mano (otro instinto básico).

Hoy en día, seguimos guardando parte de esta información, seguimos pensando que lograr aparearnos es el resultado de un cúmulo de esfuerzos, de una lucha contra otros machos o hembras, de agradar, de ser atractivos, de mostrarnos seguros, de dar una imagen que manifieste placer. Creo que en gran parte esa es la causa por lo que se le ha dado tanta carga oscura, tanta importancia mal entendida al sexo cuando debía ser una actividad natural, que tomáramos con armonía, con paz. En efecto todos hacemos una selección personal de con quien nos iremos a la cama pero no debe ser una obsesión. ‘¡¡¡Quiero copular!!!’ es un grito de auxilio que parecería provenir de cualqueir macho beta de una orda de chimpancés o de una hembra que nunca es elegida por no estar sana.

Evolucionemos. ¿O todavía nos falta demasiado?

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