Las mujeres siempre pensamos que nos llevamos la peor parte en cuanto a la represión sexual. Sí, no negaremos que se nos puso el calzón de castidad mental con más dureza que a ellos pero equivocadamente pensamos que los varones (amo esa palabra, a excepción de la frase ‘¡Ay fue varoncito!’ cuando nace un chilpayate). Perdón, regreso. Pensamos que los hombres no fueron heridos en el reconocimiento de su sexualidad, en la exploración por derecho de sus genitales, en cuanto a la presión social por un cierto cumplimiento de su sexualidad. La verdad es que estamos equivocadas.

También muchos hombres sufrieron represión maternal o familiar cuando de niños o adolescentes intentaban tocar sus genitales. Típico ‘déjese ahí chamaco sucio’. Para ellos quizás pudo ser más complejo puesto que desde que tuvieron uso de razón vieron a aquel pene colgando y al estar tan expuesto pudieron sentir aún más curiosidad que nosotras.
No obstante, debido a las mentes cochambrosas enfundadas en vestiduras moralistas, también sufrieron estragos al intentar encontrarse con su parte masculina. Sus ‘papaces’ nunca entendieron que un niño necesita explorar su cuerpo y que jamás debe mermarse ese proceso. Simplemente, se le explica que es algo que debe hacer en privado porque es algo muy suyo, pero no se le castiga sin ver tele por sorprenderlo en medio de la maniobra.

Viven además, con una constante presión en cuanto al tamaño de su pene. Se miden en virilidad por este factor. Lo niegan, pero algo en su mente los hace sentirse más o menos dependiendo de su estructura. Los hombres suelen convertirse en un pene, en una pene de 1.70 metros, 1.80 o lo que les haya tocado, que camina y habla. Le han dado un poder imperial desde hace siglos.
Muchos penes, digo hombres, están lastimados por estos hechos.

Nosotras nos medimos por otras tonterías y nos permitimos que se nos de una valor por una serie de estupideces sociales también, pero no imagino lo que debe sentirse depender de los genitales; mucho menos del tamaño.

Desde niños debimos haber retirado ese poder a los genitales, al libre y méndigo albedrío de tocarnos. Si la sexualidad fuera tomada tan natural como es, nos habríamos evitado hasta Guerras Mundiales. Si los hombres hubieran aprendido desde niños que su pene es tan peculiar como lo son sus huellas dactilares y que es tan especial e irrepetible que no se puede comparar con el pene de ningún otro niño y como tal debe sentirse orgulloso de tenerlo y portarlo; no habría heridas al respecto de los genitales masculinos.

La verdad es que ellos también lo han sufrido pero no han hecho tantos movimientos sociales como nosotras. Calladamente han vivido siglos de tortura interna, valorándose con base en su pene y sus testículos. Suena a ‘Mercado de Lágrimas’ con Paco Stanley; algo así como ‘Mamá, no me gusta mi pene’, pero es real, es real. Y si encima nunca falta la bestia pasguata chamacona que les dice que su pene es rarito o que no sienten nada cuando las penetran, etc. pues ¿a dónde pararemos? Aaron Kipnis, escribe en su libro ‘Los príncipes que no son azules’ , en un apartado especial al ‘Pene herido’ (emocionalmente, no habla de heridas físicas) dice ‘Las inhibiciones de los problemas específicos del cuidado de la salud de los hombres no son sorprendentes, ya que en cada etapa del desarrollo del hombre existe una impresión negativa acerca del aspecto fálico de la virilidad’.

¿Se habían puesto a pensar en esto? ¿En lo complejo que debe ser vivir en torno a los genitales con que se nació? Si hiciera un top ten de temas que me envían por mail los lectores hombres, la número uno sería sin duda los asuntos concernientes a su tamaño de pene. Señores, ustedes no son su pene, son mucho más que eso. Y les juro que no hay uno igual en todo el mundo al suyo.

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