Sí, se puede morir pero insistimos en seguirlo viendo vivo como Norman Bates a su madre. Y ahí andamos cargando con el ‘cadáver’ apestoso.

Suele ser bastante complejo, para uno o ambas partes de la pareja aceptar con los chones en la mano, con toda honestidad que el amor y/o la pasión en su relación se han terminado. De hecho, en un gran número de casos, lo que ocurre es que los sentimientos positivos van apagándose gradualmente y la persona, o la pareja, no llegan a ser conscientes de inmediato del desgaste y paulatino deterioro de su amor. El amor se disfraza de amistad, de convivencia, de una sensación de ‘me es tan común y ya es tan parte de mi vida que ¿cómo no verlo o verla?’.

El enamoramiento químico, esa sensación de estar dopado y con mariposuelas recorriendo la piel no dura más de 18 meses. Luego surge el amor. Pero el amor, amor, así lo que se dice amor puede acabarse, nos guste o no. La clave infalible para que no suceda no existe. Todos los que hemos estudiado e investigado a menor escala al respecto hasta los grandes filósofos y humanistas diremos: ‘El amor de be alimentarse, variarse, renovarse, encontrarle nuevos sentidos, comunicación es la palabra más sonada, darle nuevas perspectivas a nuestra vida sexual (y con esto no hablo de ser swinger, babas), y un sinfín de ‘remedios’ pero lo cierto es que la buena labilidad del deseo de la que hablaba Freud, puede atacar. Y un día, sí podemos despertar y decir ‘Ya no la/lo amo’. Duro, más aún aceptarlo.

No es siempre el miembro de la pareja que primero se percata de este hecho quien toma la iniciativa para poner fin a la relación. A veces, simplemente calla, aguanta y quizás desea que algo ajeno a la relación influya positivamente en ésta y mejore. Tal vez la realidad es tan dura que la tentación es evadirse y fingir que la situación de la pareja es estupenda. Proceso que, en cualquier caso, suele producirse de forma inconsciente.

En las relaciones de pareja existen diversos factores que influyen y que pueden dificultar que las señales del deterioro sean suficientemente claras. Pueden mezclarse con el deseo de que “nada cambie”. No obstante, suele haber indicios inequívocos que muestran a la persona (o a la pareja) que es tiempo de concluir la relación.

Con demasiada frecuencia, lo más sencillo es sucumbir a la inercia, alargando la relación de manera artificial, más que admitir que es probable que la relación lleve un tiempo moribunda. A veces es el apego lo que puede confundir los sentimientos. Hay gente que lo confunde con el amor. No obstante, el apego tiene más que ver con la fuerza del hábito o la costumbre que con la emoción amorosa. Implica un cierto grado de dependencia, que a veces contribuye a la creación de relaciones de amor-odio.

No podemos olvidarnos del miedo. Es bastante común encontrar a personas que por temor a nuevas situaciones prefieren mantener relaciones que son dañinas, destructivas o, por lo menos, poco edificantes y nada prometedoras. Se olvidan de que por muy triste que parezca cerrar una puerta, ello les ofrecerá la oportunidad de abrir otra nueva.
En muchas ocasiones hemos sido testigos de lo que puede parecer una ruptura bastante traumática. Alguno o ambos miembros de la pareja sienten que no podrán vivir sin el otro, que el futuro no tiene caso ya para ellos. Lo curioso es que, a veces, al poco tiempo ya cuentan con una nueva pareja y pareciera que llevan con ésta toda la vida.

Pero es un madrazo atreverse. O se auto apapachan diciendo que ‘lo hacen por la otra persona, porque saben que la destrozarían’ (ay, ajá). Y comienzan los cuernos, las infidelidades. Hay que decirlo, también es un modo de agradecer y querer, ser honesto.

¿Les ha pasado?

Share Button