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Jan
4

¿Se puede sanear una relación deteriorada?

En ocasiones nos plantamos como espectadores de nuestras relaciones como si éstas se deterioraran solas. Como si por sí mismas poco a poco fueran perdiendo magia, confianza, anhelos. Es evidente que somos responsables de esa realidad. Del día a día que decidimos no confrontar o modificar esa decena de actitudes que sabemos (lo sabemos, nos lo ha dicho nuestra pareja; han sido protagonistas de innumerables discusiones y agarrones) están mermando la convivencia pero sobre todo, por así llamarlo, la capacidad para seguir produciendo enamoramiento. La cotidianidad es en verdad canija porque -de no detenernos un segundo a detectar que estamos incurriendo en dichas actitudes- pueden pasarse meses o hasta años sin siquiera voltear a verlas, a atacarlas y buscar medios desde personales hasta soportados en ayuda profesional para modificar. Un día, de pronto, todo revienta. Y tenemos que aceptarlo, la relación está deteriorada. Podemos sentarnos por días frente al espejo a culpar a la otra parte, a pensar en lo que dejó de darnos o provocarnos. En todo lo que no nos hizo caso, en todas las demandas y solicitudes en todos los estados de ánimo imaginables que le hicimos y que omitió. O que ‘cambió’ unos días a modo de ‘estatequiet@’ y luego regresaron quizás con mayor fuerza. Después notamos que hubo un momento en el que nos dimos por vencidos y aprendimos a vivir con ‘sus defectos’; incluso a amarlos bajo un concepto equivocado de ‘amor incondicional’. Porque nos enseñaron que debemos amar pese a que dichos actos nos estén  ajando el bienestar, la confianza, la paz (mental y emocional).

Pero pese a todo ello, sabemos, valoramos y pese a una clara tipificación de sus defectos, queremos sanearla, rescatarla. Reencender la llama, que en términos de sexo, vemos que apenas es una flamita de encendedor de a tres por 10 pesos. Nuestros encuentros cada vez son menos asiduos y mecánicos. El efecto ‘rescatador’ es más común que se dé en las mujeres. Culturalmente somos más apegadas, incluso biológicamente según algunos autores. Tenemos que buscarle la solución a la relación deteriorada, al grado de llegar -como bien se dice- a buscarle chichis a la iguana.

Claro, hay grados de deterioro desde esos sutiles letargos regalos de la monotonía y la falta de magia, ese estar por estar; hasta los deterioros financiados por golpes, empujones, jalones de greña y gritos/insultos. ¡Ah, cabrón! -pensamos- ¿Cómo llegamos hasta allí? A esa ‘insoportable levedad’ tipo Kundera, hasta al dramón digno de un capítulo de Mujeres Asesinas.

El asunto de sanear es la prueba más difícil. Es el ejemplo o la trampa que nos demuestra que siempre debimos trabajar en equipo. Y, por encima de todo, comenzar por trabajar en uno mismo, en detectar y desmenuzar nuestras fallas personales, con el mismo ojo criticón con el que destazamos los de nuestra pareja. Y ver qué fue lo que nosotros -bajo efectos de la cotidianidad, del ‘pos así soy’- no modificamos, no nos dimos el permiso ni el valor (de ‘huevos’, no de valía), de atacar y mejorar.

Ambas partes deben estar perfectamente comprometidas, de fondo y no de palabra producto de la lágrima y moco de ver la relación resquebrajarse y predecir su muerte, a esa modificación personal para llevarla a un nivel integral. Y claro, la contraparte debe estar enterada: esa intención de sanear la relación de manera unilateral, pensando que así la otra parte cambiará es fracaso anunciado, ‘Yo solit@ puedo’. No.

En equipo, cosa que pareciera simple. Entonces, casi siempre cuando nos sumergimos en las entrañas de nuestros defectos también surge como efecto la resolución de si realmente queremos estar ahí, si realmente creemos que -más allá del crecimiento personal de la modificación de nuestros demonios- vale la pena continuar. ¿Podemos vivir con ello, incluso modificado? El miedo a quedarse solos, a volver a empezar, a dividir desde las cosas simples hasta las relaciones con amigos/hijos/compañeros de vida, también empieza a angustiar. La respuesta primaria es ‘Claro que quiero estar ahí’. Luego, se aclara un poco más porque hay una pequeña voz jodona que nos dice ‘No mientas, en el fondo tienes pánico a estar sol@’. O bien, no importa cuánto se esfuerce cada parte, hay simplemente personas que no pueden estar juntas, no,  por salud mental. Simplmente no hay más que dar ni qué hacer.

Y claro, también se puede llegar al veredicto de ‘Sí quiero’, con verdadera honestidad. Y hay que comenzar a trabajar en conjunto. El trabajo personal ya se llevó a cabo, nos resta movernos como pareja. De tal modo, que garanticemos que serán cambios de fondo, reales y postreros. Sí, se puede, claro, pero no está hecho para personas que suelen sentarse a esperar a que ‘las aguas se acomoden’, ‘que el efecto del letargo vuelva’. Hay que atreverse y poner en marcha todo el espíritu posible. Duele, delerá pero poco a poco irá regalando una realidad palpable, de felicidad que no está agarrada con alfileres .

¿Cómo ven? ¿Les ha funcionado? ¿Están en medio de esa sensación de ‘Ya nos cargó el payaso’ pero no queremos aceptarlo? ¿Qué es lo sabennn que deben modificar y han dejado que se cuaje y pogostee a su ‘forma de ser’, a su ‘personalidad’?

Nov
26

El fuego amigo mata dos veces (por Lord Pachoner)

Antes de comenzar quisiera decir que la idea que dejé como título es más una conclusión personal que un título. Estoy tan fuera de mí que no sé si ya lo había escuchado antes, de ser así, siento adjudicarme el concepto como personal.

Hace aproximadamente 5 o 6 meses sonó el teléfono de mi extensión de la oficina. Como suelo hacer, contesté con un no muy amigable “Conozca Más” y sólo recibí de regreso un muy seco “Hola, ¿Cómo estás?”. “Bien” contesté… “¿Quién habla?”, hizo una pausa para tomar aire y con la exhalación de un suspiro dijo: “Ana” (obviamente no se llama Ana pero la llamaremos así para fines prácticos), “Perdón, pero ¿Cuál Ana?” “Ana X”, contestó. “¿No te acuerdas de mi?”. Se detuvo el tiempo. Años, créanme, años de tratar de mantener los sentimientos bajo control y su recuerdo en un lugar libre de dolor regresaron en un segundo y, de pronto, la sensación de angustia, similar a la que sentí la última vez que esperé por tratar de retenerla, me invadió por completo. “Claro que te recuerdo, ¿cómo estás tú?”, le dije tratando de mantener la calma al tiempo que otro sentimiento se apoderaba de mi poco a poco: creí que como otras ‘Anas’ de mi pasado, ésta llamaba para decirme lo terrible que era su vida sin mi y que estaba a punto de saltar a un puente si yo no estaba dispuesto a salvar el amor más puro jamás registrado. Confiado, y con un aire insoportable de seguridad, me dispuse a escucharla.

A- “Yo muy bien. Acabo de tener a mi bebé hace poco”

G- (¡Ouch!) “¿Sí? (ahora más que nunca te necesita… te necesitan) ¡Qué bien! y ¿cómo se llama?

A- “No te preocupes eso no es lo importante”

G- “Oook (de nuevo el aire de seguridad insoportable) y ¿qué me cuentas?”

A- “Mira: primero, discúlpame por llamarte a tu oficina. (“No te preocupes, valoro el esfuerzo de conseguir mi teléfono después de casi 5 años de no vernos”, pensé) Créeme que me cuesta mucho trabajo hablar contigo pero, es por una razón importante. Ahora que soy madre quiero empezar de cero y no quiero que la nueva vida que tengo con mi hijo esté llena de rencores del pasado”.

G- “Entiendo”, interrumpí. Adiós aire de seguridad insoportable.

A- “Quiero cerrar círculos del pasado y dejar las cosas que me lastimaron en el pasado y en paz. Yo tengo mucho resentimiento hacia ti por algo que me dijiste una vez y tan no te pude perdonar que por eso… (su tono cambió, de nervioso a molesto) que por eso no quise estar más contigo. Y créeme fue algo tan doloroso que no te lo pude decir antes. Ahora que ya te lo dije, me siento mejor. Te pido que disculpes que lo haga de esta manera pero es por mí y por mi bebé”

G- “Claro que entiendo”, la interrumpí. “Está claro y… gracias por decirlo así; espero que en verdad te ayude tanto como quieres”

A- “Gracias. ¿Cómo están tu mamá y tus tíos de Cuernavaca? Me acuerdo mucho de tu tío, todavía tengo la cruz que me regaló”

G- (tragando saliva como si fuera arena) “Bien, bien, todos bien. ¿Cómo están todos en tu casa?”

A- “Bien, todos bien también (el tono de su voz denotó que la conversación era incómoda e insostenible). Bueno, de nuevo discúlpame y cuídate”

Y colgó.

Yo me tardé en colgar, pero no me di cuenta cuánto tiempo. La verdad es que no quería soltar la bocina. Me sentí como un completo imbécil, en todos sentidos. La hora en el reloj y el eco de su voz en mi cabeza terminaron por asfixiarme y me fui de la oficina. Quería caminar, pensar. Repasar sus palabras y entender lo sucedido. Pónganse en mi lugar por un momento: yo la culpé todos estos años al pensar que nunca definió si quería pasar su vida conmigo o no. En mi parte de la historia, todo había sido su culpa y ahora, todo apuntaba a que el único responsable de terminar con uno de los grandes amores de mi vida había sido yo. Y de nuevo, años y años de llanto, soledad, inseguridad y vacío de ella cayeron en mí con la fuerza de una avalancha.

Pensar y sentir que todo había sido mi culpa era demasiado para asimilar de inmediato. Apenas llegué a mi coche, me puse a llorar.

Ahora que he tenido tiempo de reflexionar sobre tooodo lo que pasó, he concluido que siempre que hay un rompimiento la responsabilidad es de dos. Para bien o para mal. Aquello que alguna vez dije no tenía la intensión de lastimarla y mucho menos de terminar con el amor que tanto defendí y disfruté. De saber que sería así, jamás lo hubiera dicho. Lo que entendí es que, y esta es la razón de este enorme post, algunas veces el filo de las palabras y los hechos hieren con mayor profundidad cuando vienen de las personas que amamos. Ella me amaba y yo la amaba tanto que lo que dije acabó con lo que teníamos, aún cuando en voz de cualquier otra persona, esas mismas palabras no hubieran significado nada.

Hoy, el fuego amigo me dió en la madre. Otro amor inmenso, que ni siquiera es de pareja, pero que a fin de cuentas es amor acabó conmigo. Al menos por hoy. Compartirlo con ustedes sirve para aceptar con resignación lo que ya está dicho: duele más cuando el madrazo viene de alguien que quieres profundamente. Ni modo. A sanar para quedar listos para mañana.

Para quienes preguntan, recuerden que también pueden leerme aquí

 
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