Casi siempre escuchamos comentarios como ‘Ay qué dejada es Fulana que le aguanta madrizas y maltratos a su hombre, que abandone al marido pinche machista. Ella tiene la culpa por aguantarlo’. Ese tipo de pensamientos retrógradas no analizan la realidad, que es: la educación es un tatuaje y por generaciones nos hemos visto colmados de detalles y costumbres que instan al machismo, es sencillísimo perderse de vista como mujer cuando se nos ha repetido millones de veces con palabras o actos que debemos humildad al hombre que escogimos como marido. Por otro lado está el amor, y ese sentimiento espantoso de ser lastimado a diario por quien amas hasta que un día te das cuenta que ese amor se convirtió en odio o en desprecio. No hay cárcel más poderosa que la que se construye dentro de la mente y emociones de alguien. Esas personas ya no reconocen ni siquiera su capacidad de escapar, porque ya se tragaron la píldora de que esa cárcel mental es lo que son y han perdido las ganas de buscar quienes son. Sí, son dignas de lástima, pero nadie les tiene tanta lástima como la que se tienen a sí mismas. Se necesita de mucho valor (y esposible, millones lo han logrado) para encontrar dentro de uno mismo la razón de vida e impedirle al machista (sea esposo, padre, hermano, etc.) que siga jodiéndoles lo que les queda de dignidad. No obstante, no hay programa, psicólogo o tratamiento que funcione hasta que una mujer decida que está cansada y deje de tenerse miedo a sí misma y el arrojo para buscarse una propia vida y todo lo que eso representa. Su peor verdugo son ellas, porque de alguna forma su calidad de víctima se les ha vuelto adictiva, porque SU machismo (no es una cualidad exclusiva de los varones, hay mujeres machistas), no les permite revaluarse.

Todos hemos vivido casos con este respecto. Cuenten, incluso quizás pudieron ver a su madre víctima de SU  machismo. Venga.

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